CORRIDA DEL DOMINGO DE RESURRECCIÓN
Morante de la Puebla libera una emoción incontenida
por su Resurrección en Sevilla
ZABALA DE LA SERNA
Diario EL MUNDO de Madrid
Fotos: Arjona
La reaparición de José Antonio Morante Camacho
contuvo una emoción incontenida, y acabó feliz más allá de la gloria desbocada.
Hoy la tauromaquia es un sitio infinitamente mejor con él. Dotó de belleza un
Domingo de Resurrección con muchas cosas que contar y tela que cortar. Desde
Roca Rey remontando hasta la oreja con un lote de garcigrandes de Puerta del
Príncipe a David de Miranda a puro huevo para hacerse con su premio.
Cuando Morante de la Puebla avanzó sobre el
albero, a las 18.35 de la tarde, la Maestranza se agitó con un clamor
religioso, un ruido devoto, un temblor de siglos. 175 días después del
inolvidable 12 de octubre en Madrid, de aquel "no puedo más"
exhausto, con una durísima temporada antológica a cuestas, volvía sin haberse
ido. Torear es su alternativa a vivir y su condena de vida. Aquella tarde se
quitó con un gesto arrebatado y salvífico la castañeta que le hace Dios, pero
renunciar a esa poderosa sensación y no ver de nuevo a Sevilla rendida, como
ahora, y la tauromaquia a sus pies, como nunca, es la más potente razón, entre
otras, para regresar.
Los tendidos, colapsados de gente y emoción,
elevaron a las 18.38, de nuevo, a José Antonio Morante Camacho a su condición
de inmortal en este memorable Domingo de Resurrección de 2026. El maestro
recogió las palmas más fino o afinado, serio o concentrado, enfundado en un
vestido imponente por su oscuridad, por el negro de fondo y por el gris del
bordado, por las medias blancas y el chaleco dorado. La solemnidad del saludo,
sin un gesto de más, fue apenas destacarse de la montera antigua.
La presencia del viejo Rey de España, llegado
desde Abu Dhabi, subía de grado el acontecimiento máximo del toreo. Don Juan
Carlos entró en la plaza envuelto en el cariño y ocupó su sitio, en el palco de
la Real Maestranza, no el palco regio, con la plaza levantada entre vivas. A
España y al Rey.
Morante brindó al Rey Emérito la muerte de un toro
que no valía. Reaparecía con «Golfante», de Garcigrande, bien hecho, pero de
trémulos apoyos. Sin poder ni fuerza. No mala condición, impotente sobre todo.
Ya salió así y el tiempo de más que lo gastó en el caballo no ayudó en nada.
Las chispas de algunos recortes se perdieron por el camino. El principio de
faena desprendió una maravillosa torería al paso y una trinchera cincelada en
el aire. Eso es lo que le faltaba al toro, que no podía con su alma. Abrevió el
maestro quitándole las moscas antes de despenarlo con un seguro espadazo.
Cerca de las 19.00 horas, saltó al albero «Custodiador»,
hondo, chato, el perfil contado, una pintura. De dulce el tranco, especial el
modo de darse, el temple en los vuelos, tan pronto definido. Roca Rey lo sintió
ya en su capote de salida, volado con suavidad, entremezcladas las verónicas
con chicuelinas, cuando perdía el diapasón. A las 19.03 David de Miranda hacía
su carta de presentación por enhiestas saltilleras, una gaonera ajustada, una
declaración de intenciones. Roca contestó por chicuelinas, muy ceñidas esta
vez, bajas las manos. La faena, ofrecida también al Monarca, arrancó con
tambores de guerra, de rodillas, por cambiados y un lío que impactó. Pero el
garcigrande no quería guerras, sino tacto, pulso y muñecas. Sobre la derecha,
pareció que en las series previas fluiría la entente. Quizá también en la
izquierda. Mas era mucha la calidad de la embestida y, al final, RR, tan
físico, terminaba por coger el atajo del golpe de efecto, el circular y así,
cuando sentía desinflarse las tandas. La obra decayó de una manera manifiesta,
paulatina y constante, sin atisbo de remontada. Ni siquiera en las bernadinas
últimas. Un metisaca enfrió los ánimos, que fueron inclinándose siempre hacia
el buen «Custodiador». No se tiene como empate la ovación al torero y al toro.
Pasó en blanco el capítulo de David de Miranda con
un bonito tercero de pregonada mansedumbre, pero no mal estilo en los
embroques. Lástima que se impusiera la vena de huidas y fugas.
A las 20.04 Morante de la Puebla coronaba con una
monumental estocada -Rafael Ortega redivivo- la tarde de su reaparición y una
faena con momentos carísimos, de una belleza esférica. Pero no tanto para
las dos orejas que el público pidió hasta rendir el palco con un entusiasmo
desenfrenado. Al inicio de la lidia de este «Gentil» de Garcigrande había
brotado el toreo a la verónica mecido a una embestida que se dormía. Fueron dos
lances de esbozo y cuatro con categoría de escultura. La media verónica fue un
disparo al corazón de Sevilla, dibujada con verticalidad de Giralda, desbordada
de torería. Un quite llevó esa misma senda, que no se redondeó.
El brindis emotivo puso, otra vez, a la Maestranza
en pie. Como en prólogo andándole al toro, una danza rítmica, con anclajes en
otro Ortega, Domingo. Sobre la mano derecha, cuajó José Antonio Morante Camacho
las rondas más macizas, con un colocación diferente. El garcigrande, que se
dormía, acabó por apagarse totalmente ya en su izquierda. El epílogo de otro
siglo, de otro tiempo, ese desplante gallista, antecedió al monumental
espadazo. Y al delirio desbocado. Esas dos orejas desmadradas de entusiasmo.
La corrida de Justo Hernández, cuatreña entera,
entipada, sevillanísima de trapío, esa armonía del lujo -por tramos demasiado
bonita-, concentró en la bolita de Roca Rey su máxima categoría. Toda la suerte
precisamente para él, tan contrario a la ganadería de Garcigrande. Por eso la
calzó Morante en Resurrección: «Francés» derramó en quinto lugar una embestida
tremenda, con una especie de gateo supercalifragilístico, otro prodigio
genético del loco de Alcaraz. El astro peruano remontó una faena, de mitad en
adelante, que trepó por los tendidos. De tal modo ascendían sus poderosos y
largos muletazos que, cuando cobró un señor espadazo, el público volvió a
calentarse demasiado, otra vez, hasta pedir las dos orejas. A las 20.34 las
mulillas arrastraban sin una de ellas a un toro que completó un lote de Puerta
del Príncipe.
A las 21.04, David de Miranda volvía a nacer. El
sobrero, también de Garcigrande, el más serio de los seis -por eso estaba de
sobrero-, se le vino cruzado cuando lo citaba de lejos, por estatuarios,
clavado en la misma boca de riego. No tocó ni siquiera para evitar el
volteretón, durísimo. Lo lanzó a una altura sideral. El tipo se recompuso con
un toro remiso, muy quedo, pero obediente en la muleta en el último instante.
Preciso para lo suyo, para pisar los terrenos donde caen las balas de los
toros, allí donde quema el suelo. Encerró un mérito enorme aquel arrimón a puro
huevo y arrancó una oreja que sigue revitalizando su carrera.
Morante marchó por su propio pie, renunciando a
salir a hombros por la puerta de cuadrillas, para poner el punto final a un
Domingo de Resurrección de emoción incontenida por su vuelta.
GARCIGRANDE
/ Morante de la Puebla, Roca Rey y David de Miranda
PLAZA DE
LA MAESTRANZA. Domingo de Resurrección, 5 de abril de 2026. Lleno de «no hay
billetes».
Toros de
GARCIGRANDE; todos cuatreños, incluido el sobrero (6º), de armónico trapío,
bonitos, en el límite algunos; sin ningún poder el 1º; notable el 2º; excelente
el 5º; bueno sin duración el 4º; rajado el 3º; parado el 6º.
MORANTE
DE LA PUEBLA, de negro y bordado gris. Estocada (silencio); gran estocada (dos
orejas).
ROCA
REY, de berenjena y oro. Metisaca y estocada (saludos); estocada (oreja y
petición).
DAVID DE
MIRANDA, de purísima y oro. Media estocada y varios descabellos (silencio);
estocada (oreja).
Se
guardó un minuto de silencio por Rafael de Paula, Álvaro Domecq, las víctimas
del accidente ferroviario de Adamuz y por la muerte del matador retirado
Ricardo Ortiz en los corrales de La Malagueta.