El tema de los diálogos políticos vuelve a estar en la palestra pública, en razón de que el mandatario colombiano Gustavo Petro tomó la iniciativa de incentivar la reunión de varios países, como intermediarios de buena fe, en el propósito de acordar soluciones a la crisis social, humana, política, económica y estratégica de Venezuela. Crisis que, siendo nosotros los más afectados, no terminamos de ponernos de acuerdos en transitar por vías de solución.
La verdad de todo esto, o el fondo, es que los venezolanos hemos tornado en personas con las que difícilmente se puede poner de acuerdo alguien, cuando son asuntos de alta definición nacional, como, por ejemplo, el rescate del camino del crecimiento económico y la salud física y mental de los venezolanos.
Entre otras cosas porque no hay reglas de juego claras. Les doy un ejemplo. Arrancó la actividad de los candidatos a la primera magistratura nacional. Hay gente que ni siquiera podrían aspirar a una concejalía. No es desprecio. La magnitud de la crisis no es para convocar a maromeros ni a pantalleros. Reclama seriedad y capacidad, con talento y experiencia, para asumir el reto de recuperar a un que sigue teniendo grandes recursos humanos y materiales.
Entonces, si no hay la sensatez para asumir las propias debilidades y carencias, no podemos ofrecer soluciones al gran país. Es lo mismo que observamos cuando se nos presenta la opción del diálogo promovida por el mandatario colombiano.
¿Quién designó la gente que viajó a Colombia en nombre de la llamada oposición?
Pregunta importante, porque los políticos no son los únicos representantes de la sociedad venezolana. Hay muchos factores, comenzando por la Iglesia Católica, siguiendo con los empresarios, agregando a los educadores, a los dirigentes de la sociedad civil organizada y un sinnúmero de universidades. Solo por decir algunos.
En los comentarios de la calle hay numerosos epítetos contra los miembros de la promocionada comisión de opositores. A unos los vinculan con el propio gobierno y empresarios conectados o favorecidos, a otros los señalan como vinculados a hechos de corrupción y, a los menos, como gente que no representan organización alguna de importancia y que no han sido ni siquiera gobernadores o alcaldes.
Lo que quiero destacar es que estamos llamados, humana y socialmente, a intentar cualquier diálogo, pero en medio de razones y claridad de objetivos, porque ya son más de treinta las reuniones fallidas. Todas en medio de buenos augurios dentro y fuera del país, pero, en todas, no ha existido un acuerdo nacional previo, sino una imposición de fuerzas e intereses políticos.
En Colombia se abre la perspectiva de que países amigos de Venezuela asuman y presionen para reales acuerdos y entendimientos, porque estamos entrampados y la sociedad, la de abajo, está sufriendo severamente, sin que se vean claridades en el corto plazo.
Lo concreto, en medio de las muchas desconfianzas, mutuas, han fallado los intentos del Estado Vaticano, del Reino de Noruega, de México y su izquierdista mandatario, del lobista español Rodríguez Zapatero (bien caro que nos ha costado) y de otros como el propio exmandatario colombiano Ernesto Samper.
Los diálogos son encuentros necesarios y debemos impulsarlos, en medio de reglas claras, precisas, consensuadas y procurando un gran entendimiento nacional.