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Por Ricardo Gil Otaiza

Josue y el santo de Hipona por Ricardo Gil Otaiza



Josue y el santo de Hipona por Ricardo Gil Otaiza

Montado en un andamio, mientras modelaba los detalles en el rostro del que se revelaría en pocos días como el gran San Agustín de Hipona (escritor, teólogo y filósofo cristiano, y reputado eje del pensamiento occidental), Josue se entregaba a su tarea artística sin dar tregua a la fatiga, olvidando que tenía que comer, abstraído por completo en un oficio que, no aprendió en las aulas universitarias (no tenía aún edad para ello), sino que emergió de su ser siendo muy pequeño, cuando poseído por el deseo de tener un juguete que su familia no podía darle, aceptó a cambio la caja de plastilinas que le obsequió su padre, y él mismo esculpió sus sueños.

Desde entonces, Josue hizo de la plastilina su mundo, y comprendió que todo aquello que anhelaba lo podía hacer realidad con sus propias manos, que ellas respondían presurosas a sus deseos: dóciles y gráciles iban de aquí a allá, reptaban en sus artificios erigidos en portento, como queriendo hallar en cada palmo de su obra escultórica, un inaudito (¿y quizá posible?) hálito de existencia.

Josue buscaba la talla perfecta y, como toda perfección requiere de un esfuerzo enorme (y sobrenatural), se internaba en las noches a solas en su taller, arrancando a la arcilla todo aquello que podía darle: textura, rasgos, edad, presencia ultramundana, latido y movimiento, mientras la ciudad dormía sus pesadillas y acallaba sus ecos, en una suerte de extraña complicidad y simbiosis, que llevaba a ambos a una reciprocidad inaudita y pocas veces vista.

La familia y los amigos lo llaman, pero él ignora sus voces. Se siente (y está) poseído por los demonios de la creación. Nada de lo que afuera acontece, lo toca, sus ojos y demás sentidos se concentran en la obra, y ningún hecho logra arrancarlo de las entrañas de una pasión que lo desborda, que tira hacia adelante, que va más allá del tiempo y del espacio en una rueda sinfín que aterra a quienes le conocen, al observarlo ya fuera del alcance de su presente y de su realidad: meciéndose en las alas de una dimensión inasible y etérea. Ellos intuyen; es más, lo saben, que la creación artística es eternidad patentizada en el ahora.

Mientras talla y perfecciona, Josue percibe movimientos en la periferia: inquieto mira a su alrededor y solo ve el silencio, que pesa más que las toneladas de arcilla, hierro, cemento, piedra, arena, madera, fibra de vidrio y mármol, que en sus manos son objeto de profunda metamorfosis, hasta hacer de ellos imagen y esencia, presencia y corporeidad estética.

Mira de nuevo, y todo bien, pero se siente observado, un leve frío le estremece la nuca y pierde la abstracción, entonces abre y cierra los ojos como queriendo espabilar el cansancio y las conjeturas. Continúa así, no sin temor, con sus estecas, punzones y espátulas sobre la arcilla.

Josue, vuelve otra vez al tenso rostro de San Agustín: aquel ser perdido en la neblina de los siglos, y ante él se materializa con pérfida insolencia, como quien reclama a su creador el porqué de la apuesta a su ya olvidada figura: en su mirada le pide, le ruega, le exige que lo deje descansar en paz, que ya no golpee con ímpetu su atormentado rostro, que su lúgubre existencia hundida en camándulas, folios y libros, está, por la fuerza del glorioso y necesario paso del tiempo, asentada en los anales de la historia, y ya no requiere de más pedestales ni artificios.

Josue se sobresalta, la escultura gira ligeramente la cabeza y lo mira, pero la imagen desaparece cuando el artista parpadea con fuerza. Gracias a que está atado al andamio con arneses, no cae por el susto de bruces al vacío. Ya agotado, desciende lentamente de las alturas, y se dispone a marcharse.

Repuesto, Josue intenta recoger sus cosas y cambiarse de ropa, pronto llegará su padre a buscarlo para llevarlo a casa, pero en ese instante se percata, no sin terror, que las esculturas en ciernes, y las ya acabadas, cobran vida. Lo rodean y lo arrastran hacia una Galería que parece hecha de sueños y de mármol, donde todo es irreal, pero tangible como la vida.

Cada escultura tiene conciencia de sí misma: San Agustín de Hipona perorata sin parar de rezos y teología, de griegos y romanos, San José Gregorio Hernández se quita el sombrero y habla con pausa y sentido de la ciencia, de las tribulaciones médicas de algunos de sus pacientes, José Antonio Abreu mueve la batuta de arriba a abajo queriendo arrancarle notas musicales al silencio del recinto, Yulimar Rojas gira sus largas piernas como aspas de viejos molinos de viento, y se dispone a saltar la verja que separa a la Galería de la calle.

Josue Benjamín grita, y su grito rompe con vaga estela la estulticia de la noche caraqueña. El guardián recurre presuroso en su ayuda, y le explica que los artistas que se obsesionan quedan atrapados en su propia obra. Deberá elegir —le advierte capcioso— entre terminar la obra y quedar atrapado, o destruirla para así escapar y volver al regazo de los suyos.

No sabemos cómo, pero Josue logra escapar, aunque parte de su esencia queda en la Galería. Al volver al mundo real ve a sus esculturas moverse ligeramente, y esto ya no lo inquieta; todo lo contrario: lo toma como parte de su ancestral oficio. Para el bien de la cultura, finalizó la gigantesca obra de San Agustín de Hipona, y desde la entrada de Guacara, estado Carabobo, en donde fue colocada, observa silente a sus habitantes, y cuentan, quienes la visitan y se hacen selfis con ella, que sienten como si tuviera vida, como si sus ojos los siguieran, y dicen también que escuchan broncos quejidos, rezos truncados e ininteligibles peroratas filosóficas, pero ya nadie le teme a eso.

rigilo99@gmail.com