Una estrella fugaz por Ricardo Gil Otaiza
Allí estaba yo al lado de mi padre, en plena madrugada (era alrededor de las cuatro), ambos dormitábamos en los asientos delanteros del carro a la espera del amanecer, presentaría el examen teórico para obtener la licencia de conducir, ya que acababa de cumplir los dieciocho años, pero nada había seguro: la oficina de tránsito repartía pocos números y teníamos que estar muy atentos para que nadie se nos coleara, en un intento desesperado para realizar el engorroso trámite.La emoción me embargó, era la primera vez que lograba ver una, y en el instante preciso en el que le advertí a mi padre, la estrella en veloz estampida desapareció de mis ojos, no sin antes poner en práctica la vieja conseja que solía repetir mi madre: “cuando una estrella fugaz rompe la noche, susurra tres deseos al hilo de su luz, sabiendo que el cielo ya los ha tomado en sus manos para volverlos destino.” Y eso hice con todas mis fuerzas.
La oficina abrió sus puertas a la hora pautada, y de inmediato uno de los inspectores de tránsito repartió treinta números a los que estábamos de primeros en la cola, y a las nueve me hallaba en un pequeño salón presentando mi examen con una sensación de triunfo: sabía todas las respuestas y aquello resultaba grandioso.
Como el examen era de selección múltiple, la corrección era con plantilla y las notas las daban en la tarde de ese mismo día, así que mi padre y yo decidimos ir a un restaurante cercano para almorzar, y así no tener que bajar a la casa que nos quedaba más o menos lejana.
A las tres en punto estábamos mi padre y yo en la taquilla de la oficina de tránsito para que me dieran la nota, y que nos orientaran acerca del siguiente paso, pero algo inesperado ocurrió que trastocó nuestros planes e hizo de aquella jornada una verdadera pesadilla.
Aplacé el examen con la nota más baja. Un “0” estaba dibujado con marcador rojo en el margen superior de la hoja. ¡No lo podía creer!, estaba en shock, y mi padre lucía furibundo; convertido en una fiera.
Luego del consabido regaño y de la descalificación que hizo mi padre de mi inteligencia, regresamos al carro, y ya más calmados le dije que era imposible que tuviera todo el examen mal. Saqué de mi bolso las normas de tránsito y una a una las repasé, y le dije que todas mis respuestas eran correctas, que tenía que haber un error, y que regresáramos para hacer un reclamo.
Y así lo hicimos.
Con cara de pocos amigos, el inspector puso el paquete de los exámenes sobre una mesa y buscó el mío, y fue en ese preciso instante cuando lo increpé con la autoridad de saber que todas mis respuestas estaban tal cual aparecían en el manual, que de paso le blandía frente a su cara, y él lanzó la hoja de mi examen sobre el mesón y me dijo casi a gritos (y sin mirarme a la cara): “Las respuestas son las correctas, pero usted hizo el examen con grafito y debió hacerlo con bolígrafo”, por eso fue anulado.
Mi molestia fue mayúscula, porque en ningún momento se me advirtió que tenía que responder en bolígrafo, entonces él me señaló un pie de página con letra muy pequeña que había en la prueba: “¡Aquí lo dice! (y puso su dedo índice en la línea), debió leer con atención las instrucciones antes de comenzar al responder” —agregó victorioso. Mi padre, a todas estas callado (cuestión que no era usual en su personalidad explosiva), intervino y dijo que se notaba la mala fe, porque pudieron advertirme de que lo respondiera en tinta, y asunto resuelto.
De nada sirvieron nuestras sólidas argumentaciones, porque el inspector nos dijo que tenía que presentar de nuevo el examen, lo que implicaba ir al banco, pagar la tasa establecida, madrugar para tomar un número, y sentarme de nuevo a responder el cuestionario.
Vuelta otra vez a mirar al cielo al lado de mi padre a las cuatro de la madrugada, pero en esta oportunidad casi cubierto por la neblina (o la calima, ya no lo recuerdo), lo que hizo de la espera una suerte de burbuja cerrada en sí misma, si se quiere opresiva y asfixiante, como si el aire estuviera detenido en una nada pegajosa y pérfida, lo que nos obligó a tener las ventanillas abajo a pesar del riesgo que corríamos.
A las ocho de la mañana cogí de nuevo un número y presenté el examen a las nueve y, por si acaso, me llevé dos bolígrafos para vencer la mala fortuna (o como decían los antiguos: la sors adversa), porque en la primera oportunidad de nada me había valido pedir al insondable infinito tres veces el mismo deseo cuando vi la estrella fugaz, pero en esta otra ocasión no dejaría nada al azar: somos dueños de nuestro destino, me dije, dándome fuerzas.
Pasé el examen con la máxima nota y muy pronto tuve en mis manos el primer carnet de conducir (que guardo de recuerdo), sudado hasta la última gota, sufrido al extremo de la injusticia y de las obtusas normas que no miran más allá de un requisito puesto allí en letra chiquita para agarrar a incautos, y de toda esta historia ya pasaron más de cuarenta años y, aunque parezca mentira, me veo impelido de nuevo a volver a realizar los trámites desde cero, como si fuera un aprendiz del manejo, pero esta vez en un nuevo contexto, al que no le consta mi pericia o no del arte de conducir con decencia por esas calles de Dios.
Espero, por ahora, no toparme con una estrella fugaz, pero, si ello sucediera, me contendría de desear pasar el examen de manejo (por si las moscas), aunque ya no estaría allí mi padre para felicitarme o recriminarme por mis presuntas torpezas.
rigilo99@gmail.com
Estaba inquieto, aunque me sabía las normas al dedillo, pero un examen no deja de ser un espacio para la incertidumbre y el desasosiego, así que cerraba los ojos y repasaba lo estudiado en silencio, pero de vez en cuando los abría para observar el firmamento, y en esta intermitencia me hallaba cuando de pronto vi una estrella fugaz.