Mérida, Julio Lunes 27, 2026, 08:17 am
Al amanecer del 25 de julio, bajo la protección de Santiago Apóstol, entregó su alma al creador una mujer de pueblo, creyente fervorosa, servidora de todos, mi querida Darcy. Recibí la noticia de sus hijos a quienes conocí desde niños y los vi crecer a la vera de sus padres como hombres y mujeres con virtudes humanas y cristianas que bebieron en el cariño y la disciplina de sus padres, los valores que los han acompañado siempre.
Cada día me convenzo más del testimonio que nos deja la gente humilde y sencilla. Que obras grandes y clamorosas hizo Darcy. ¡Ninguna! Pero la grandeza de sus actos fue vivir en plenitud la vida cotidiana con grandeza de miras y espíritu samaritano. ¡Cuánto aprende uno de la gente de nuestros pueblos! Ha sido una gracia que me acompañó en las cuatro décadas que viví en las montañas merideñas. La virtud y el bien, el trabajo arduo en el campo y en las limitaciones de insumos en las poblaciones menores, el trabajo en equipo para las labores diarias, las emergencias ante las necesidades ajenas, la colaboración en la Iglesia con sus tradiciones y devociones, en la promoción y búsqueda de lo que se le niega a los pequeños poblados en la dotación de escuelas y liceos, en la dotación de las medicaturas, en los servicios básicos de transporte, luz, agua, conectividad… Darcy en su actitud callada pero presente fue un rayo de luz para sus coterráneos.
Cada vez que pasaba por El Morro, la primera visita era a la casa de Chepo y Darcy. Nunca faltó el cafecito caliente, la arepa de trigo y la cuajada, y la invitación a pasar adelante como mi casa. Darcy fue la columna de apoyo de su marido, la que transmitió sus virtudes y las suyas en el calor familiar donde la creatividad en la música y en el arte popular estaban a flor de piel. En las muchas correrías que hice con Chepo conversábamos de lo humano y lo divino. El trabajo en el rescate de accidentados, el cultivo en el Verde, terreno aledaño al pueblo donde la siembra y cría de algunos animalitos, detalles de la vida familiar y de los vecinos, la promoción catequética y cultural, el saberse apoyado en sus múltiples oficios en los que la sombra, y en ocasiones la presencia física de Darcy era la mejor prueba de aprobación de la fogosidad de Chepo en atender lo que hiciera falta. La formación permanente en artes y oficios, pero sobre todo en la preparación pastoral de sus seres queridos y de los ministros y servidores del pueblo y las aldeas. El cuidado de los muchachos que tuvieron la mejor escuela, el ejemplo de los suyos y gracias a Dios lo han multiplicado con creces.
Como Pablo se sintió consolado con la llegada de Tito en Macedonia, llegar al Morro y encontrar a la diligente Darcy para atendernos, nos alentó contar con el anhelo de vernos como le dijo el apóstol de las gentes a los corintios. En Darcy se cumplió lo que San Francisco de Sales recomendaba en la Introducción a la vida devota: la verdadera devoción y la santidad se adaptan a la vida diaria y ordinaria, invitando a la mujer sencilla a combinar las grandes obras del espíritu con los deberes cotidianos sin perder la paz ni la alegría.
Los estragos del cáncer la arrancaron de las manos de sus hijos para el encuentro definitivo con Chepo en el cielo. Sus restos han sido trasladados de Mérida a El Morro para recibir el homenaje de los paisanos y compartir la misa exequial. Nada mejor que sus restos reposarán al lado de su esposo, en la última obra que levantó en el Plan del Morro. Allí serían el mejor ejemplo de un matrimonio que no tuvo otro horizonte sino el dar razón de su fe en el servicio a sus paisanos. Descansa en paz, querida Darcy, y uno mi plegaria desde la lejanía física pero en la inmediatez de la sincera amistad que compartimos durante tantos años. Que María Santísima te reciba con los brazos abiertos para llevarte al Trono del Altísimo.
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