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FERIA DE SAN ISIDRO – DUODÉCIMO FESTEJO

El viejo Talavante y un buen «Cubanoso», entre el naufragio del Puerto en Las Ventas

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Foto: Javier Arroyo – Plaza 1.


El torero extremeño corta una oreja en la frontera al mejor ejemplar de una decepcionante corrida; Juan Ortega, que cae herido, y Tomás Rufo saludan sendas ovaciones ante otro «no hay billetes»

ZABALA DE LA SERNA

Diario EL MUNDO de Madrid

 

"¡Hasta los cojones del Puerto!». El grito retumbó en la plaza al final de la tarde con cierta razón, no del todo justo pero válido como resumen de la decepción. A las buenas hechuras y armónico trapío de la corrida, cinqueña entera menos uno, no le acompañaron las fuerzas y, sobre todo, la bravura para remontar las carencias. Y, además, el toro más redondo saltó demasiado pronto y sin el respaldo de la retaguardia, pero permitió a Alejandro Talavante mostrarse lo más próximo al pasado, quizá el Talavante de Madrid sea otro, el viejo Alejandro. Y esa oreja en la frontera le valga de aliento para las tres tardes que le esperan por delante. Juan Ortega toreó de salón a una vaca vieja, y Tomás Rufo derrochó ambición a espuertas con un toro en fuga. De cualquiera de las maneras, los tres toros de la reata de los Cuba apuntaron las notas más finas. Todo a la postre insuficiente para satisfacer tanta expectación y evitar el naufragio del Puerto.

Cubanoso estrenó la tarde derramando temple, ese son de clase pronto presentido, los mimbres mansitos que le dan al bravo una categoría especial. Desde su lustroso cuerpo -bajo y armónico pese a los 611 kilos-, tras salir aquerenciado y soltarse abanto, colocó la cara en el capote de Alejandro Talavante cuando lo recogió con oficio de bregador, sin brillos. Apuntó Cubanoso entonces lo que sería luego y fijaría definitivamente en el quite de Juan Ortega a la verónica, esbozada, suave en tres lances y la media, para soltar brazos y tensiones. Lo tomó el toro con el poder preciso, apenas gastado en el peto en pelea de discreto empleo. Talavante sintió el latido del caro embestir, se fue a los medios con el cartucho de pescao y volteó la plaza con su izquierda.

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El fabuloso prólogo -el último natural como espejismo del pasado, una trincherilla de cartel- siguió con el ilusionante pulso del mejor Talavante, esa zurda deshuesada, reunida. La extraordinaria calidad de la embestida sostenía el ritmo. Pero el paso por la derecha causó un bajón en la faena. Puede que no fuera la mano del toro, pero de quien no es, es de AT. Que se articula menos flexible y pierde enganche y embroque. Lo camufló con un cambio de mano que devolvió la faena a su cauce, otra vez al natural, de nuevo dos en el aire del prólogo superior. Una espaldina con Cubanoso ya anunciando su final, o su falta del mismo, y un cierre hacia tablas fluido y por bajo. La estocada aprovechando el viaje colocó la obra talavantista en la frontera de la oreja,que cayó en el límite entre lo justo y la benevolencia.

La corrida entró en un sopor gigantesco. A Juan Ortega le atropelló el saludo un segundo de cara muy abierta, sin estilo en su ataque. Le dieron en el caballo como si no hubiera mañana, la cuadrilla se enredó en profusa brega y Ortega tampoco resolvió nada con aquel ser que no se comía a nadie ni tiraba hacia delante. Tomás Rufo, tan activo con el capote en quites -chicuelinas ceñidas, gaoneras mariposeando-, halló la conexión en el recibimiento con lances a pies juntos, cuando el toro contaba aún con la entereza. Quedó con una flojera evidente y un buen aire que se ahogaba en ella, sin empuje y claudicando en cuanto aparecía la exigencia. Rufo quiso y quiso tanto que se pasó de rosca. Y en el último puesto de este bostezo entre paréntesis vino un cuarto totalmente descoordinado que frustró todas las expectativas de Alejandro Talavante.

Desde Cubanoso a otro Cubanoso la corrida perdió el estilo. Muy fino, elástico, degolladito, muy protestado este quinto por eso y con una embestida de vaca vieja, frágil de años y preñada de calidades. Conviene decirlo cuanto antes y va tarde: la cuadrilla de Juan Ortega es para descambiarla. Y otra cosa que hay que decir ya: los derechazos de Ortega fueron supercalifragislísticos, una belleza. Un volteretón lo sacudió en el principio de faena y probablemente lo despertó, pues no se puede estar tan dormido en la lidias. Después toreó a cámara lenta, ya con los «¡miaus!» contenidos tras la sacudida y cambiados por oles lentos y cadenciosos. «¡Sin toro nada tiene importancia!», le reprocharon. Y es cierto. Pero así algunos no torean ni de salón. Si se le puede reprochar algo a Ortega es la ausencia de viveza. O de ambición. Esa que demostró Tomás Rufo con un últmo toro -también de la familia de Cuba: Cubatisto- que se rajó demasiado pronto. Colocaba la cara con primor, como se constató en la serie de redondos de rodillas de la apertura, tan encajado el torero y tan bien toreado el toro. De ahí prácticamente salió con la bandera blanca de la huida. Y Rufo lo persiguió, casi acorralándolo en tablas y robándole hacia los adentros los muletazos más cabales. TR, con el cuchillo entre los dientes, atravesó los terrenos de sol para exaltación de los tendidos y acabó en la puerta de toriles, como signo de la tarde.

 

FICHA DEL FESTEJO

 

Toros de PUERTO DE SAN LORENZO, todos cinqueños menos el 4º; bien presentados y hechurados; pecaron de falta de poder pero sobre todo de bravura y empuje, que no de estilo; notable el 1º.

 

ALEJANDRO TALAVANTE, de corinto y oro. Estocada a toro arrancado (oreja). En el cuarto, pinchazo, media defectuosa y descabello (silencio).

JUAN ORTEGA, de corinto y oro. Estocada baja (silencio). En el quinto, media estocada (saludos).

TOMÁS RUFO, de malva y oro. Estocada caída (silencio). En el sexto, estocada caída (petición y saludos).

 

MONUMENTAL DE LAS VENTAS. Jueves, 23 de mayo de 2024. Duodécima de feria. Lleno de «no hay billetes».

 

PARTE: Juan Ortega fue atendido en la enfermería de un puntazo con hematoma en gemelo interno de la pierna izquierda y de un puntazo corrido en región pretibial izquierda.





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