Mérida, Enero Lunes 19, 2026, 08:46 pm
I
EL ANUNCIO DE LA MUERTE
Fue entonces cuando aleteó la mariposa de la muerte. Sus alas grises
espaciar el polen de las cayenas que embellecen el jardín de San Pedro
Alejandrino. Es la una en punto de la tarde. La canícula se clava en los
hombres que lloran. Todos construidos de hierro y basalto, sin embargo, que
venían de la guerra, curtida la piel, mostrando heridas todavía no
cicatrizadas. Habían cabalgado junto al Héroe más de treinta mil kilómetros por
la barriga gigantesca de una tierra en llamas. Estaban acostumbrados al dolor,
pero no a las despedidas.
Fue entonces cuando aleteó mucho más la mariposa de la muerte. Y al
hacerlo dejó ver la angustia en los rostros de los que aguardamos el último
suspiro en aquella habitación ajena al Grande Hombre que había sido dueño del
mundo, pero que no tenía camisa decente para cubrirse ante la muerte su débil
armadura de huesos largos y suaves, tan próximos a la fractura que el médico
había prohibido abanicarle cerca por temor a que se elevara por los aires.
Fue entonces cuando aleteó la mariposa de la muerte. Ya cercana al
rostro compungido de los edecanes de quien en otros tiempos blandía con la
fuerza de su espada que hasta en el sueño vencía a los tiranos, pero que ahora
estaba allí, inmóvil, desguarnecido, impávido, un hombre que nunca tuvo miedo,
esperando se le abrieran las puertas de la eternidad, Y en ese vuelo, la
mariposa de la muerte terminó de esparcir el polen de las cayenas como señal
última de su presencia sobre el espacio-tierra para llevarse al espacio-cielo
al Hombre que se estaba muriendo allí, pasado el mediodía de aquel aciago 17 de
diciembre, lejos de los suyos de sangre, lejos de los que le amaron siempre,
lejos de los miles que no pudo albergar su corazón inmenso..
Ya no estaba erguido sobre la sabana de Carabobo dirigiendo la batalla
como un dios vestido de general en jefe, a quien amaban y seguían soldados y
pueblos. Tampoco ahora semejaba al tribuno de encendido verbos del que en
Angostura pre fijaba las reglas que habían de dirigir la vida de los hombres
libres. Menos el líder de grandes ideas al que admiraban reyes y reinas y el
adversario estimaba como un honor el combatirlo. Se parecía más bien al
caballero de la triste figura cansado y derrotado por miles y miles de molinos
de viento cuyas miles y miles de aspas le estaban atravesando el alma. Sin
embargo, en la penumbra del cuarto en donde yacía el caballero respirando
deseos de no irse todavía, algo como una luz sobresalía de sus sienes, como si
fuese una corona de espinas, como si fuese alguien parecido al Nazareno,
también cargando hacia su Gólgota su pesada cruz.
La mariposa de la muerte se posó finalmente y, entonces, el alma partió
al encuentro con su propia historia, la que fue atesorando mientras construía
cinco naciones. Y dijo: “¡Ay, me estoy muriendo!”. Quería decir que ya no tenía
tiempo para lograr que la paz definitiva aferrase a todos los partidos a la
Unión tan anhelada ayer como lo es hoy, tan necesaria para mañana. Y dijo:
“¡Ay, me estoy muriendo”, con tanta fuerza que se escuchó el crujir de huesos y
la respiración saliendo de lo más hondo de aquel cuerpo que no se resignaba a
morir para siempre. Y dijo: “¡Ay, me estoy muriendo!”, para querer decir que no
se quería morir porque aún le quedaba mucho por hacer. Buscaba, ahora,
desesperado, tiempo. Ese tiempo que siempre le hizo falta hacer pues, lo sabía,
la libertad seguía siendo una entelequia.
Había perdido toda su vida en conseguirla. En hacerla viva. Buscaba,
ahora, desesperado, tiempo. Ese tiempo que siempre le hizo falta para
enroscarse como una culebra sobre el cuerpo de culebra de su Manuela en
cualquier tarde que le robaba a la planificación de la guerra o al ejercicio
mismo de su altísima palabra.
“¡Ay!”, dijo. Y todos volteamos a mirarle los ojos, negros y profundos,
que estaban fijos en la mariposa de la muerte persiguiéndolo. “¡Ay!”, dijo otra
vez. Y todos le buscamos el sitio exacto en donde le dolía porque el quejido
fue, hay que decirlo, tan lastimero, tan cierto, que nos dolió también a todos
el daño que le infringía el destino. Fue, lo supimos, una puñalada que rasgó el
poco velo que quedaba entre su vida y su muerte. Le vimos irse muriendo así,
lentamente, como si no quisiera morirse a pesar de que ya tenía empeñado el
adiós y él, hombre de palabra, buscara hacerle trampa a su propio compromiso
Estaba allí, cuarenta y siete años después de su alumbramiento, negándose a
partir hacia la Nada, pues lo que quería era exiliarse en cualquier pueblo de
Europa y así se lo había dicho al fiel Palacios cuando le ordenó preparara las
maletas, decepcionado y triste porque ya nadie lo quería.
Lejos, muy lejos de allí, sobreviviendo en Bogotá, ella, la libertadora
del Libertador, portaba el cajoncito con las cartas. En una de ella se leía la
desesperada declaración de amor y de deseo: “…Tú quieres verme, siquiera con
los ojos. Yo también quiero verte, tenerte y tocarte y sentirte y saborearte unirte
a mi poder, por todos los contactos…”. Ella, su “amable loca”, la que le salvó
dos veces su vida, asunto “que no tiene ninguna importancia ante el hecho
cierto de haberle salvado su gloria”.
Quizás, no lo sabemos, en su agonía, muy dentro de su quebrado corazón,
este amante que se nos moría sin poder nosotros hacer nada a su favor, la
habría llamado con la misma urgencia de ese lastimero “Ven, ven luego…”, que le
carcomía el alma en la espera del calor que ella le daba a su flaco cuerpo,
entonces ágil como el del lince, poderoso como el del tigre.
El sol, afuera en el patio, hacía daño porque era tan intensa su luz
caribeña, que hasta los caballos se refugiaban en la sombra que no alcanzaba
cubrir a hombres y a animales arremolinados bajo el samán inmenso y la bien
plantada fila de palmeras. Los alazanes ya ensillados, a la espera de los
jinetes que se irían a repartir la infausta nueva por todo el universo.
¡Qué lejos quedaba el patio de granados en donde jugaba a ser soldado,
montado en el palo de la escoba con la cual su otra madre, la Negra Matea,
barría la enorme casona de San Jacinto, hasta que el sol caraqueño marcaba con
su rayo de sombra en el reloj de piedra, allí, en la plaza, las seis de la
tarde, hora en que tañían las campanas de la vecina catedral! ¡Qué distancia
tan enorme entre el primer disparo que saliera de su rifle de Granadero del Rey
al pistoletazo que le ganó su primer muerto en la Batalla de Los Frailes! ¡Qué
inmenso el barranco que separaba su blasfemia cuando el terremoto arrasó
Caracas y su Conversación con El Supremo cuando deliraba allá en El
Chimborazo!¡Qué negro el espacio abierto entre la madrugada aquélla en la Casa
Guipuzcoana cuando entregó a los españoles al Generalísimo y la tarde en que,
años después, victorioso en Boyacá, ordenara fusilar a Vanoni, el traidor de
Puerto Cabello, su primera derrota!¡Qué hondo el principio que se abría frente
a é y a su destino desde el instante mismo en que juró en el Monte Sacro y su
adiós a la guerra, al poder y a la gloria cuando partió a las cuatro de la
madrugada del 8 de mayo de 1830 desde Santa Fe buscando inútilmente Francia o
Inglaterra!
La mariposa de la muerte aleteó por última vez. El Hombre cerró sus
ojos para no ver su propia muerte, y los que allí estuvimos los abrimos para no
ahogarnos en tantas lágrimas. “¡Carajo!”, gritó Montilla imprecando a la de la
guadaña en frustrado intento por no dejar marcharse al que se le moría enfrente,
el que había sido su mejor amigo, su hermano y su jefe, el que le guiase por
todos los campos de batalla en una guerra de nunca acabar, pasando por encima
de miles de cadáveres que apestaban, cuyos rostros feos por el rictus de la
muerte, rojos de sangre y sobre ellos la zamurera, quedaban impresos para
siempre en las retinas de los sobrevivientes a tanto sufrimiento, que les
costaba el hacer patria aquella tierra que les imploraba libertad.
Es que se moría el Hombre que podía vencer todas las dificultades,
menos ésta tan crucial, la de su propia muerte. Se moría quien, según el
escritor colombiano Ramiro de La Espriella –uno de los más destacados
especialistas en el Bolívar Político-, había sido el estratega “quien al
decretar la guerra a muerte y la guerra larga y de movimientos contra la guerra
de posiciones propia de una potencia asentada sobre un gran poder de fuego, no
sólo estaba revolucionando hasta nuestros días la insurgencia de los débiles
contra los poderosos, sino que había encontrado una filosofía de espíritu y de
la inteligencia en los propios materiales inflamables de su ideología política
estaba marcando para el mundo, el acervo de su incontrastable poder…!”.
La mariposa de la muerte, en apenas una milésima de segundo, detuvo su
aleteo ya sobre la larga, ancha y arrugada frente del que se estaba muriendo.
Fijó allí su última carga y todos pudimos presenciar, afortunados, con gran
asombro, el milagroso instante en que el alma dejaba ese cuerpo quijotesco, tan
maltratado por la vida. Todo había
concluido. Reverend le toma el pulso, confirma que ya no hay vida. Mira a
quienes rodeamos el cadáver excelso en su grandeza, pero pobre en carne y
hueso, y mueve su cabeza de blanca cabellera. Es un francés que había venido a
América buscando la libertad. “¿Y la encontró, acaso, doctor?”, alguna vez en
el tedioso mediodía de San Pedro Alejandrino le había preguntado su más ilustre
paciente.
De la sombra en donde se cubría de la canícula parte un jinete veloz
hacia la vecina Santa Marta, desde donde se esparció, por mar hacia Europa, y a
lomos de caballo, por los cuatro puntos cardinales del continente, la dolorosa
noticia: “¡Soldados! ¡Murió el Sol de Colombia!”
II
EL RECLAMO DE LA GLORIA
Ahora que estás muerto, Padre, muerto por una muerte que no te mató,
que no podrá matarte nunca, aunque algunos ayer y hoy y mañana querrán intentar
seguir pretendiendo, pero no con el puñal parricida ni con el veneno de la
desidia, tampoco con el de la ofensa panfletaria ni el grito destemplado, sino
con la incomprensión y el olvido de tus verdades.
Ahora que estás muerto, Padre, muerto por una muerte que no te mató,
que no podrá matarte nunca, permítenos que cobijados en ti, plenos de ti,
fortalecidos en ti, rebusquemos el camino para hallarte vivo entre nosotros y
sentirte otra vez inundando de grandeza, tu grandeza, nuestro escaso territorio
esperando que allí sigas creciendo como el Hombre, el Héroe, el Genio.
Y no porque hayas dejado de ser el Genio, el Héroe y el Hombre, sino
porque nosotros no hemos sabido creer en ti, entender que tu enseñanza y el
seguirla es lo más maravilloso que
podemos tener los que somos tus hijos para crecer en la patria que nos legaste.
Claro, una patria que fundaste para ser de todos. No una patria pobre. No una
patria compartimentada. No una patria angustiosa, sino una patria de alegría.
Una patria, en fin, digna de la Gloria, porque tu Gloria es tan inmensa que
crecerá como crece la sombra cuando la luz del sol declina, prodigio que
vaticinaba el cura Choquenuanca.
Padre nuestro, Libertador, te preguntamos; ¿Habremos hecho caso a tus
lecciones? ¿Sí? Perdónanos entonces por no terminar de entender que “si no hay
un respeto sagrado por la patria y por las leyes y por las autoridades, la
sociedad es una confusión, un abismo” y “es un conflicto singular de hombre a
hombre, de cuerpo a cuerpo”. ¡Perdónanos, Padre Nuestro, libertador, por no
haber obedecido tu mandato cuando en Angostura nos exhortaste a que “la unidad,
unidad y unidad debe ser nuestra divisa”.
Ahora que estás muerto, Padre, muerto por una muerte que no te mató,
que no podrá matarte nunca, permítenos regresar a tu corazón dispuestos a no
pecar más de olvido y a tejer de nuevo la red que nos abrace a ti
definitivamente.
¡Padre Nuestro, Libertador!
Hemos venido desde todos los rincones de la patria tuya a rendirte el
homenaje de amor en esta hora de la conmemoración del día en que te fuiste
muerto por una muerte que no te mató, ni te matará nunca, a dejar sobre tu
imagen el otro polen que dispersa la otra mariposa, la mariposa de la vida, que
ahora va volando hacia ti por sobre el horizonte, por sobre la montaña, sobre
la mar inmensa y la llanura, buscando la rendija mejor por donde nuestro acto
de contrición por haberte olvidado alguna vez o todas las veces, por haber
pronunciado en vano tu nombre, por haber equivocado la interpretación de tu
enseñanza, por haber olvidado que tu figura nos honra, enorgullece, asombra,
enaltece y también nos vivifica y alegra.
¡Padre nuestro, Libertador!
Tú, que en cada esquina de la patria y en cada espacio de la tierra que
conforma tu patria, y en cada niño que nace, en cada pajarito que bebe la
gotita de rocío, en cada soplo de brisa, que se enreda en la barba de los
sauces arriba en los páramos y en la ola que va y viene desde que la mar es mar
y el mundo es mundo, en el amor que se transforma en pasión y la pasión que con
mucha fuerza se torna posesiva, en cada amanecer espléndido y en cada atardecer
de Juan Griego donde el sol se oculta para dejar que salga la luna de
Margarita, una luna única, una luna tan hermosa como no la hay en ninguna otra
parte del pedacito de cielo que miramos.
¡Padre nuestro, Libertador!
Como lo escribió Neruda en su “Canto General”, construido sobre las
piedras de Machu Picchu: “Renaces cada cien años”, Y es verdad. Por eso no
fuiste muerto por esta muerte que no te mató ni podrá matarte nunca, sino que
estás vivo en el aire que se respira, en la flor que se abre, en la sonrisa del
niño que aprende a quererte, en la del anciano satisfecho de haberte querido,
en la mujer que pare y cuida a la patria enseñándonos a quererte día a día, y
en la fuerza del joven que dispara su esperanza hacia el futuro.
¡Déjanos cantarte en este día en que conmemoramos tu nombre y tu
figura, y tu imagen y tu historia, tu generosidad y tu sacrificio! Por eso
acudimos hoy a tu plaza para festejar que sigas protegiéndonos desde los
altares de la patria.
¡Padre nuestro, Libertador, Protégenos!
¡Padre nuestro, Libertador, Bendícenos!
ORACIÓN pronunciada en la Plaza Bolívar de La Asunción, Estado Nueva
Esparta, el 17 de diciembre de 2012, ocasión del 182 Aniversario de la Muerte
del Gran Héroe de la libertad de un continente.