Mérida, Abril Viernes 17, 2026, 12:15 pm
(In memoriam a mi padre JMMonagas. A 39 años de su partida)
A veces, las realidades se tornan difusas. Sobre todo, al momento de proferir alguna excusa elaborada -posiblemente- con la mejor intención, para así encausar la desconexión que cualquier forjada trampa, puede ocultar bajo alguna alevosa malicia o un suspicaz engaño.
Aunque este preámbulo no pareciera exaltar el recuerdo de la partida imprevista de mi padre, José Miguel Monagas, la inquietud que introduce este escrito, es una entre tantas ideas o preocupaciones que ronda el pensamiento de quienes apreciaron y conocieron a algún ser que ha sabido marcar la vida de otro. En mi caso, deseo referirme a José Miguel. No sólo como mi padre. También, como maestro, profesor universitario, activista político y gremialista. Pero especialmente, como amigo, compañero de actividades académicas o civilistas.
Mi padre en el tiempo
De verdad, mi padre, fue quien, como guayanés, crecido a la orilla del Orinoco, desde joven, comprendió las dificultades que la vida despliega sin aviso previo. En consecuencia, las realidades se abrieron para que las mismas reflejaran la justicia, la generosidad y la honestidad que se prestaron a manera de lección. Su aprendizaje, fue el ejercicio el cual aprovechó para hacerlo la virtud que caracterizó su discurrir vivencial.
Por eso, en vida, mi padre, entendió lo que quiso ser. Pues había comprendido que lo tiene que ser, es. Y lo que tiene que suceder, ocurre. Más aún, haber considerado que lo que duele, no siempre proviene de alguna herida o lesión que padece el organismo en el ámbito de su complejidad. Aunque la vida enseña que es mayor el dolor que produce la desesperanza o la desconexión con lo trascendental, que cualquier afección de orden físico. Y ese fue el principio que le deparó su existencia. Por eso, ni siquiera su momento póstumo, fue razón para quejarse del mal físico que lo retiraba de esta vida.
Su dignidad, nobleza y humildad testimoniaron los escasos 66 años que alcanzó a vivir. Siempre, apegado a valores y sentimientos que lo mostraron cual hombre grande, en alma y espiritualidad. Pero que, al mismo tiempo, lo dejaron ver cual hombre familiar, maestro, ciudadano servicial, solidario, respetuoso, estudioso, colaborador y perseverante. Sin duda, mi padre, José Miguel Monagas, supo vivir.
A manera de epílogo
Cabría preguntarse: ¿cómo obviar recuerdos que avivan sentimientos y hasta compromisos? Podría contestarse que, indistintamente del momento en que se construye un recuerdo, siempre habrá un sentido que justifique su tránsito al presente. Así es como la historia familiar se vigoriza. Por recuerdos de quienes hacen que se viva emocionalmente. Incluso, la escriben. De ahí que la dinámica de la vida, se apoya en todo lo que el movimiento de la naturaleza del hombre, induce, crea y concreta.
He ahí la clave para liberar el potencial que fundamenta la existencia. Mi padre siempre lo supo. Aunque a los fines de esta breve disertación, cimentada en recuerdos que surgen de sentimientos, vale manifestarlo. Como hijo de José Miguel Monagas, así lo manifiesto pues en cada recuerdo que obviamente tengo, conservo y disfruto, sigo manteniendo la imagen viva de mi padre.
Y si bien, como dice el léxico popular: “conocer es también recordar”, vale finalmente declarar que el conocimiento que me permite apoyar esta disertación, basado en recuerdos que giran alrededor de la vida de mi padre, motivan remembranzas fortalecidas en la distinción que distingue la opinión del conocimiento. Y que, en lo personal, he cultivado de mi padre. Por supuesto, con sumo orgullo, honra y placer.
Así que independientemente de contrariar el sentido que traza el titular de esta disertación, que elevo a modo de homenaje que brindo a José Miguel Monagas, mi padre, como anualmente he acostumbrado hacerlo, esta vez decidí abordar este escrito asumiendo como partida, los recuerdos que el tiempo alcanza a sembrar en la naturaleza afectiva de todo ser humano. Aunque el fondo de estas líneas, no contrarían la lógica de la vida, pues el sentido que sigue la disertación, también se visibiliza al enfocarla de la realidad presente a los recuerdos.