Mérida, Mayo Viernes 29, 2026, 11:50 am
El panorama
político venezolano ha entrado en una fase de reconfiguración profunda. Los
acontecimientos que sacudieron el tablero institucional a principios de enero
no solo evidenciaron las fracturas de la dirigencia tradicional, sino que
pusieron de manifiesto una realidad incómoda pero innegable: la persistencia de
una estructura de conducción política fuertemente vinculada, monitoreada y
coordinada bajo la influencia directa del gobierno de los Estados Unidos.
Ante este escenario
de reajustes institucionales, surge una pregunta incómoda pero obligatoria: ¿Dónde queda el ciudadano común en el diseño
de la Venezuela que viene?
Durante años, los
procesos de negociación, las estrategias de presión y los mapas de ruta hacia
una transición democrática se han debatido en despachos cerrados, cancillerías
extranjeras y cúpulas partidistas. Se ha operado bajo una suerte de tutela geopolítica
que, si bien ha sido un salvavidas internacional, también ha terminado por
desplazar el músculo más importante de cualquier cambio sostenible: la sociedad
civil organizada.
El pánico de la mayoría independiente
Fundamentamos este
llamado urgente en nombre de una Venezuela que pocas veces es consultada o
escuchada: la de la inmensa mayoría de
ciudadanos independientes. Es una población que hoy entra en un estado
de justificado pánico al presenciar los intentos desesperados de la clase
política tradicional —corresponsable del desgaste y la fragmentación— por
reciclarse y volver a protagonizar el cambio y la transformación del país.
Tras años de saqueo
institucional y económico, el país no resiste más de lo mismo. La ciudadanía no
espera un simple relevo de nombres en los cargos públicos; espera, exige y
tiene el derecho de ver cumplida la promesa de un liderazgo alternativo. La reconstrucción
nacional debe estar protagonizada por figuras
relevantes de reconocida solvencia moral y ética, dirigentes y
profesionales probos con las cualidades técnicas y humanas necesarias para
asumir las responsabilidades de un poder en ascenso que debe nacer de la
pulcritud y la honestidad, no de las componendas.
Una transición
democrática diseñada exclusivamente desde arriba, y con los mismos actores
cuestionados del pasado, no es más que un acuerdo de élites con fecha de
caducidad. La comunidad internacional, y de manera muy particular el gobierno
estadounidense a través de sus oficinas diplomáticas para Venezuela, debe
comprender que el éxito de una transición no se mide únicamente por el cambio
de firmas en el poder, sino por la solidez moral de quienes asumen las riendas.
Es imperativo abrir
de forma inmediata mecanismos reales y vinculantes de conexión e integración
para la sociedad civil. Esto no se trata de pedir "un asiento de
oyente" en las mesas de diálogo, sino de exigir canales estructurales:
Auditoría y Contraloría Ciudadana: Los factores políticos que aspiran a
conducir la transición deben rendir cuentas no solo a sus aliados externos,
sino a la mayoría independiente a la que pretenden representar. La
transparencia debe ser la primera regla del juego.
Ventanillas de Postulación y Filtros Éticos: Crear espacios
donde la academia, los gremios y la sociedad civil puedan proponer y validar a
esos perfiles de solvencia moral intachable para los cargos clave del gobierno
en ascenso, cerrándole el paso al clientelismo de la vieja política.
Consulta Directa frente al Tutelaje: Si la política exterior aliada busca
de verdad una salida democrática, sus canales de escucha activa deben
diversificarse. La diplomacia no puede limitarse a validar agendas de partidos
desgastados; debe conectar con las demandas de la sociedad civil que sufre la
crisis en el día a día.
La historia
reciente demuestra que los esquemas políticos basados en el aislamiento
ciudadano y el reciclaje de liderazgos desgastados tienden al fracaso. Los
hechos de enero nos recuerdan que las fórmulas institucionales impuestas se
agotan, pero el tejido social permanece.
El llamado a la
comunidad internacional —y a la Embajada de los Estados Unidos como actor clave
en este proceso— no es a que retiren su apoyo, sino a que cambien radicalmente
el enfoque.
Es hora de entender
que la soberanía y el futuro de Venezuela no se deciden tutelando a las viejas
cúpulas, sino empoderando a sus ciudadanos más calificados y honestos. La
transición no puede seguir siendo un negocio de pocos, debe convertirse en un
punto de encuentro y entendimiento de las mayorías.
El Modelo
moribundo, ineficaz y corrupto que ha sustentado a la partidocracia existente
es antagónico a la transformación del estado que plantean cientos de
movimientos e individualidades que obviamente por su carácter renovador buscan
ser invisibilizados reiteradamente en favor del continuismo perverso y
lacerante, cuyos resultados cada uno de los venezolanos conoce, siente, padece
y lucha por superarlo.
La embajada
norteamericana debe relacionarse y responsabilizarse con la sociedad venezolana
y no exclusivamente con la clase política -la cual también combate- por conocer
de sus acciones, contradicciones y nulos resultados. Le podemos garantizar que
se llevaran una gran sorpresa al descubrir el potencial represado que existe y
no se le permite presentarse como elementos fundamentales para cubrir las
demandas medulares de la nación.