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Por Arinda Engelke

El fútbol es la única religión que no tiene ateos en Frontera Literaria por Arinda Engelke



El fútbol es la única religión que no tiene ateos en Frontera Literaria por Arinda Engelke

Con la proximidad de una nueva cita mundialista, el planeta parece detenerse para mirar un balón. Para muchos, este fenómeno no es más que veintidós personas corriendo tras una esfera y un negocio multimillonario; para otros, es el arte de la estrategia. Sin embargo, el escritor mexicano Juan Villoro logró descifrar la verdadera naturaleza de este fenómeno al afirmar que “el fútbol es la única religión que no tiene ateos”. No se trata de un simple juego, sino de una liturgia pagana, una fe colectiva y una de las manifestaciones culturales más potentes de la humanidad. Por eso, suspendemos momentáneamente nuestro viaje geográfico por las letras del mundo para adentrarnos en una geografía distinta: la de la pasión, el mito y la filosofía que solo la literatura ha sabido rescatar de las canchas.

El mendigo del buen fútbol

Si hay un texto que representa la comunión perfecta entre la belleza de la palabra y la pasión del graderío, es El fútbol a sol y sombra (1995), del uruguayo Eduardo Galeano. En sus páginas, Galeano no escribe como un técnico ni como un cronista deportivo tradicional; se define a sí mismo, con hermosa humildad, como un "mendigo de buen fútbol". Con el sombrero en la mano, el autor camina por los estadios del mundo suplicando, sin importar el color de la camiseta, por "una linda jugadita, por el amor de Dios".

A través de relatos breves que simulan destellos de genialidad en la cancha, Galeano rinde homenaje a los dioses de pantalones cortos —desde la gracia de Pelé hasta la tragedia de Garrincha— pero también lanza una elegía melancólica por el juego de barrio, ese que la industrialización y el comercio tecnificado insisten en asfixiar. Para Galeano, el fútbol es, ante todo, una reserva de la infancia y de la alegría pura.

La fe del hincha y los mapas del alma

Esa "religión" de la que habla Villoro en su imprescindible libro Dios es redondo (2006) encuentra su justificación en la mente del espectador. El fútbol, nos explica el pensador mexicano, opera bajo las reglas del milagro y la fatalidad. Los estadios son catedrales contemporáneas donde los feligreses buscan la redención dominical. Es un espacio donde la razón se suspende y la identidad se exacerba.

Esa identidad llevada a la vida cotidiana es la que el británico Nick Hornby retrató magistralmente en Fiebre en las gradas (1992). Hornby demostró que el verdadero fútbol no ocurre en el césped, sino en el mapa emocional de quien lo sufre. Al narrar su vida a través de los partidos del Arsenal, nos enseña cómo los triunfos y las derrotas de un club se trenzan de forma indestructible con los primeros amores, las pérdidas familiares y el propio proceso de madurar. La lealtad a unos colores es, quizás, la única fidelidad inquebrantable que le queda al ser humano moderno.

Una escuela de moral y la infancia recuperada

Es común que ciertos sectores de la intelectualidad miren este deporte con desdén. Sin embargo, los más grandes creadores han encontrado en él una profunda veta filosófica. El premio Nobel francés Albert Camus, quien en su juventud defendió la portería del Racing Universitario de Argel, dejó una sentencia inmortal que disipa cualquier duda: “Todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. En el campo, Camus aprendió la importancia de la fraternidad, el valor del esfuerzo compartido y el respeto por el rival; una ética de trinchera que no halló en las aulas universitarias.

Por su parte, el escritor español Javier Marías solía referirse a esta pasión como "la recuperación semanal de la infancia". El fútbol nos devuelve, aunque sea por noventa minutos, a ese territorio donde las emociones son absolutas, donde el llanto y la alegría son limpios y donde todavía creemos en la épica de los héroes cotidianos.

A las puertas del Mundial, la literatura nos recuerda que el balón es mucho más que un objeto de cuero. Es un generador de mitologías, un refugio de la memoria y, tal como intuía Villoro, una fe universal que, tarde o temprano, termina por convertirnos a todos.

Gracias a Librería Temas por facilitarnos el material necesario para hacer estas reseñas.