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Por Pbro. Edduar Molina

Desde mi Parroquia

“Venezuela, tu fe te sostiene” por Pbro. Edduar Molina



Desde mi Parroquia

“Venezuela, tu fe te sostiene” por Pbro. Edduar Molina

El miércoles 24 de junio a las 18:04 Venezuela vivió una de las tragedias más fuertes de los últimos años, un terremoto doble, el primero de 7.2 grados seguido de otro, tan solo 40 segundos después, de 7.5 grados. La tierra aún no culminaba su movimiento, los edificios aún no dejaban de temblar cuando el segundo terremoto hizo su descarga. La tragedia nos deja consecuencias incalculables, centenares de muertos, heridos, familias sin hogar, sin escuelas, según estimaciones de la ONU, de los 28 millones de habitantes del país, unos 7 millones quedan afectados directa e indirectamente.

Mirando estos acontecimientos a la luz de la fe, se nos invita a “alzar la mirada” y recordar que nuestro Dios no es castigador, es un Dios misericordioso. Es el mismo que envió a su Hijo hecho hombre a convivir con los humanos y su justicia va unida a la misericordia. Es posible que hoy tengas la tentación de preguntarte ¿por qué ocurren este tipo de tragedias? ¿Por qué a ti? ¿Por qué, otra vez, Venezuela? Son preguntas válidas en medio de la angustia, el estrés y el dolor. Pero, te invito sacudirlas de tu mente y suplantarlas, lo más pronto que puedas, con el ¿Para qué?

También, ¿para qué te ocurren específicamente a ti?, quizás allí puedas comenzar a vislumbrar un camino. Quizás, para que puedas ayudar a otros. Quizás, para que experimentes, de alguna forma, la misericordia de Dios y que un día puedas dar testimonio de ello. Recordemos el Evangelio de Juan 11,4:Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Piensa en Abraham, en Job, en tantas personas que a lo largo de la historia han experimentado dolor y luego se han convertido en referencia sobre cómo reponerse y avanzar. Quizás, no hay un para qué, ni un por qué, ni una razón. Quizás, solo son los riesgos de estar vivo. Pero si estás leyendo esto, estás vivo, y ese es ya un motivo de esperanza. Más aún, porque Él mismo nos salva sufriendo y nos anima a lo mismo, a llevar su cruz (Mt 16, 24).

El segundo punto, al cual quiero acercarte, a la naturaleza de la fe y a Jesús como Dios. Los cristianos católicos creemos en un Dios que nos acompaña en todo momento, no que castiga. Lo dice el libro de Nahúm 1,7: “El Señor es bueno, es un refugio en tiempo de dificultades. Él se preocupa de aquellos que confían en Él". Por tanto, creemos en un Dios que da Vida, que se encarnó y caminó entre y con nosotros, que se bajó de su gloria para venir aquí a la Tierra a caminar y sufrir con nosotros,

Es el Dios que escucha y ve los sufrimientos de sus hijos y baja para liberar y rescatar. (Éxodo 3,7). No olvidemos que "Dios es fiel, y no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas, (1 Corintios 10, 1-3).

En medio del dolor podemos decir con el salmista: “El Señor es nuestro refugio y baluarte, muy cercano y nuestro auxilio en la angustia. Por eso, no tememos, aunque la tierra se tambalee, y los montes se derrumben en el mar; sus aguas se enfurecen y espuman; en su oleaje tiemblan los montes. (Salmo 46,2-4). También, creemos que pasó por el mundo haciendo el bien (Hechos 10,38). Ese Dios que inspira la solidaridad y la humanidad.

En medio de la tragedia que, una vez más, golpea nuestro pueblo, es necesario mantener una certeza, la única que es capaz de sostenernos: Dios está con nosotros. Porque esa es la base de la fe: la certeza. Tal como dice san Pablo, “El Dios de toda esperanza es capaz de preservarnos e infundirnos nuevas fuerzas y aliento con su esperanza (Romanos. 15,13).

Y como nos enseña San Cipriano, uno de los padres de la Iglesia: “En resumen, esta es la diferencia entre nosotros y los demás que no conocen a Dios: que en la desgracia se quejan y murmuran, mientras que la adversidad no nos aparta de la verdad de la virtud y la fe, sino que nos fortalece con su sufrimiento”. Cuántos hermanos de Caracas y la Guaira hoy nos dan testimonio de fortaleza, aun con sus corazones hecho pedazos, de sus heridas en sus cuerpos, siguen firmes, con una fe viva acompañando, consolando y dando su amor a tantos samaritanos que yacen en medio de su angustia. También, el gran san Agustín decía: “La esperanza tiene dos hermosas hijas: se llaman ira y coraje. Ira por cómo son las cosas, y coraje para ver que no permanezcan como están”. Damos gracias por “el coraje y la ira de los caraqueños y guaireños” por enfrentar esta adversidad, poniendo hasta su último suspiro por “continuar la vida”, por mirar más allá de los escombros, muertos y heridos y descubrir que hay algo más grande que nos sostiene, el Dios –con-nosotros.
Fomentemos la cultura de la solidaridad, Venezuela no está sola. El pueblo católico y cada persona de buena voluntad caminan a su lado. Que este infortunio sea el punto de partida para edificar un nuevo amanecer, donde la empatía prevalezca sobre la indiferencia y la paz sea el fundamento de la reconstrucción. La verdadera grandeza de un pueblo no se mide por su capacidad de prosperar en calma, sino por su resiliencia y hermandad en la oscuridad.

 

Mérida, 5 de julio de 2026