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Por Ricardo Gil Otaiza

Asfixia por Ricardo Gil Otaiza



Asfixia por Ricardo Gil Otaiza

Presiona el botón del ascensor para acceder a la planta baja, está apurado, necesita salir y concretar una gestión por la que le aguardan, entonces las puertas se cierran con estrépito, cuestión que no es usual, pero por breves instantes piensa que ha sido mala percepción de su parte, y no se inquieta, se mira al espejo y nota que está empañado, como si le hubieran pasado un trapo sucio y lo dejaran peor de lo que estaba, se acomoda el cuello de la camisa, se aplasta un poco el cabello que luce alborotado, se mira a los ojos y los ve enrojecidos por las horas robadas al sueño frente a la laptop, se palpa el bolsillo y halla el frasquito de gotas oftálmicas que siempre lleva consigo, y se instila una en cada ojo, la visión se empaña por segundos y siente el ardor inicial — pero que cede de inmediato—, se mira de nuevo al espejo y asunto resuelto, revisa el sobre y se cerciora de que los documentos estén en su sitio, abre la cartera y las cosas están en orden: el DNI, la tarjeta del banco, algunos billetes de mediana y baja denominación; se palpa el bolsillo trasero y corrobora que lleva el celular. ¡Todo bien! —se dice con un mohín de alivio.

El calor aprieta, está sudando, y es entonces cuando se entera de que el ascensor está detenido en el mismo piso en el que lo abordó, así que pulsa de nuevo el botón de la planta baja, pero el armatoste no reacciona, presiona varios botones y nada, los hunde una y otra vez y todo permanece igual: estático, quieto, detenido en un instante en el que se funde un presente inesperado o quizás insospechado —tal vez ni pensado siquiera—, siente entonces que no hay aire, de hecho, el ventilador no funciona, y se dice que ello se debe a que en los malditos ascensores modernos los ventiladores se apagan cuando la cabina está detenida para ahorrar energía, y su corazón comienza a acelerarse, siente que pronto entrará en pánico, pulsa el botón de la alarma y escucha su estruendo pero nadie reacciona, no se oyen voces, nadie se percata de la situación, le da y le da a la alarma hasta el cansancio sin resultados, se afloja el nudo de la corbata, se quita la chaqueta y la deja caer en el suelo, sigue presionando la alarma mientras le da puñetazos a las puertas.

Intenta llamar a su mujer, pero no hay cobertura, insiste e insiste, pero nada, le envía mensajes por WhatsApp, pero tampoco salen, vuelve a la alarma una y otra vez y se rinde ante la evidencia: nadie le presta atención, ni siquiera una voz fuera, u otro golpe de respuesta en las puertas, la luz de la cabina comienza a parpadear, parece un viejo aviso de neón como los que había visto en los hotelitos de carretera en sus constantes viajes por el país, y se dice, no sin razón, que el colmo de los colmos sería que se quedara a oscuras, y, ¡oh, suerte!, se va la luz, la cabina se convierte entonces en una caverna, y él es, sin más, una fiera confinada en su vientre, hundida en sus entrañas, perdida para el mundo, y se queja de su mala leche, se reprocha una y mil veces el no haber bajado por las escaleras, pero es perezoso y la comodidad puede más que cualquier otro alegato y se enoja, sí, se enoja muchísimo, consigo mismo, contra los dueños del edificio y la empresa de mantenimiento, contra el mundo por sus inesperadas jugarretas.

Siente que no respira, le falta el aire, se asfixia, enciende la luz del celular y observa que el espejo está completamente empañado, intenta abrir las puertas a la fuerza pero no ceden ni un ápice, hace acopio de voluntad y se ensaña contra ellas y les da patadas hasta el cansancio, pero nada, profiere gritos y maldiciones que lo ayudan a desahogar su miedo a morirse allí como un pendejo, a quedar enterrado en una urna de metal, a ser recordado como un perfecto imbécil que venció miles de obstáculos en su vida, que salió adelante a pesar de las adversidades —o gracias a ellas—, pero al que un ascensor del siglo pasado, un cajón desvencijado, maloliente y quejumbroso, un cajón representante de la vieja tecnología le ganó la partida, entonces se deja escurrir lentamente en el suelo, milímetro a milímetro, se sienta a esperar no sabe qué, mientras sus pensamientos divagan enloquecidos aquí y allá en busca de posibles soluciones, y se percata de que puede escuchar perfectamente los latidos del corazón, los oídos le zumban como tambores anclados en lo profundo, se golpea el rostro para cerciorarse de que no es presa de un mal sueño y, efectivamente, no lo está, su realidad es esa; tal vez su destino.

Siente sueño, cabecea contra la lámina de metal, está empapado en sudor, gime como un niño castigado y lo hace a más no poder: jipía con espasmos intermitentes en los que se mezclan lágrimas y secreciones, y se lamenta entre sollozos de su suerte, del fatalismo que lo atrapa cuando menos lo esperaba, está aterrado como en sus tiempos infantiles, pero ya no están sus padres para echarle una mano o para salir corriendo a socorrerle, y de pronto lo abandonan las fuerzas, se entrega a la nada, y de su cuerpo se escapa lentamente el hálito de vida: está exánime y etéreo, volátil como una hoja en el otoño, no sabe cuánto tiempo ha pasado, pero es para él una eternidad, la noche de los tiempos, el final de un no tan largo camino, y entre las brumas del sopor siente que lo zarandean, que una luz enceguecedora le lastima los ojos, que un boquete de aire se abre entre aquella espesura y llena sus pulmones, entonces escucha voces que le hablan y mencionan su nombre, pero no puede discernir ya —es imposible saberlo— si es un delirio, o la realidad, o que ha caído en los brazos de la muerte.