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Por Ricardo Gil Otaiza

Un paquete fantasma por Ricardo Gil Otaiza



Un paquete fantasma por Ricardo Gil Otaiza

Las vacas pueden ser utilizadas como símbolo
de muchas cosas. Sólo es feo y triste ponerlas
como símbolo de mansedumbre y resignación.
La vaca de Maiakovski dando cornadas contra

la locomotora: mucho mejor.
La vaca
…tomado del libro La vaca de
Augusto Monterroso


Hay autores que nos marcan al extremo de la obsesión, y esto es lo que puedo atestiguar con respecto del hondureño-guatemalteco Augusto Monterroso, cuyo primer libro que cayó en mis manos, La vaca, se convirtió en un punto de referencia en cuanto al ensayo contemporáneo, y del que eché mano hasta la saciedad en mis clases de literatura, por allá a finales del siglo pasado, y que hoy continúo leyendo, ya más sosegado y calmo, sin las normales tensiones de un público expectante, que quería conocer de mí (como si las supiera) las claves para desentrañar a este díscolo género, cuya primacía se le reconoce al francés Michel de Montaigne, nacido y muerto en el siglo XVI.

Por supuesto, los textos insertos en La vaca podrían entrar o no en los predios del ensayo, ya que Monterroso solía escaparse de los normales linderos de los géneros que trabajaba, no ya con la sola intención de renovarlos (lo cual hizo, sin lugar a dudas), sino como expresión de su carácter díscolo y libertario —poco dado a los clichés y a las normas—, así como a esa curiosidad juguetona que lo llevaba a explorar aquí y allá para darles a sus escritos ensayísticos (y también a los narrativos), ese toque especial y particular que solemos llamar estilo, y que se le reconoce, y por el cual ha trasmontado la empinada cima del tiempo.

A finales del siglo XX, y precisamente en 1998, estaba yo impregnado, obnubilado, extasiado y embelesado con la prosa monterrosiana: terminaba de releer por enésima vez La vaca, así como casi toda su obra, que fui buscando con meticulosidad y empeño a donde quiera que iba por Venezuela (y fuera de ella), y todo esto no se quedaba en mí, sino que me convertí, sin pretenderlo, en una suerte de promotor sin sueldo del mencionado autor, al que llevaba a mis conferencias, a mis artículos de prensa, a las clases de narrativa y ensayo que dictada en una biblioteca pública (esas sí eran pagas) y, ni qué dudarlo, a mi familia (esposa e hijas), a la que convertí, así como yo lo estaba, en fiel seguidora de Monterroso.

Por cuestiones propias de la dinámica literaria, la obra de un autor no se circunscribe a una editorial, sino que salta de una a otra en esa especie de carrera al mejor postor que es la venta de los derechos de una determinada obra, a la que, apuesta el propio autor, o su agencia literaria (en el caso de haberla), por lo que las ediciones llevan en sí mismas las improntas de disímiles casas nacionales o foráneas, públicas o privadas, grandes o pequeñas, que hacen mejor o peor su trabajo, pero que quedan allí, como testigos de su paso en un momento de la vida del autor —y también cuando fallece, por trámites de sus herederos— por sus filas.

Todo esto lo digo para significar que la obra monterrosiana en mi poder, abarca varias editoriales: Ediciones Era y Fondo de Cultura Económica de México, Anagrama, Alfaguara y Navona de España, y en esta diversidad nace entonces singularidades y detalles, porque cada una edita la obra a su manera y entender, lo que conlleva cuestiones de las que pocos lectores se percatan, como, por ejemplo, que en el lomo leamos de abajo hacia arriba (estilo latino o francés), o que leamos de arriba hacia abajo (estilo inglés o anglosajón o estadounidense), el que aparezca o no en la última página un colofón de impresión, todo lo cual dependerá, como he dicho, de las maneras propias de las editoriales, y que pueden cambiar con el paso del tiempo.

A finales de enero de 2003, se me ocurrió una genial idea: tomaría una dirección postal de Ciudad de México que aparecía al final en uno de los libros de Monterroso, haría un paquete con algunos de mis libros y se lo enviaría a mi admirado autor, así que puse manos a la obra, busqué el sobre manila, le dediqué uno a uno mis libros, le adjunté una nota en la que le expresaba mi absoluta admiración, y con alegría llevé el paquete a la oficina de correos (por el que pagué, dicho sea de paso, una elevada cantidad).

Pocos días después leí en El Nacional de Caracas una noticia que me dejó de una pieza: “Muere en Ciudad de México el escritor guatemalteco Augusto Monterroso”. No lo podía creer. Si las cuentas no me fallaban, el día de su muerte, es decir, el 7 de febrero, tendría que estar recibiendo mi paquete de libros según lo que me había indicado el funcionario de los correos.

Afligido y aún incrédulo, le conté a mi esposa e hijas lo sucedido, y ellas me consolaron con la posibilidad de que su viuda, la también escritora Bárbara Jacobs, lo hubiese recibido y atesorara mis libros en la biblioteca de su fallecido esposo, pero yo, que no soy nada optimista, pensé de inmediato que el paquete había ido a parar al cesto de la basura, total, me dije: los libros eran para alguien que ya no estaba en este mundo y atesorarlos carecía ya de sentido.

Esto que conté lo pensé (y creí) durante más de dos décadas, y había cerrado dicho capítulo, pero tarde me llegó la aclaratoria y el desengaño desde el insondable infinito: la dirección postal a la que yo envié el paquete no era la de la residencia de Monterroso (iluso yo al pensar que el autor hubiese puesto al final de alguno de sus libros la dirección de su casa; de haberlo hecho era una de sus tantas jugarretas), sino que, a modo de colofón (página legal o paratexto editorial), en las Ediciones Era, que publicaron mi ejemplar de La oveja negra y demás fábulas, se adjuntaba una dirección a la cual las librerías pudieran enviar su correspondencia: Mérida 4, Col. Roma Norte, México, D.F.; detalle que por mi entusiasmo no advertí entonces.

Hoy me pregunto: ¿Fue todo esto un guiño de Monterroso desde el más allá? ¿De no haber fallecido Monterroso en aquel entonces la editorial le hubiera remitido mi paquete? ¿Recibió la editorial mis libros y visto el desenlace optó por destruirlos? ¿Los recibió Bárbara Jacobs? ¿Se quedó varado en alguna aduana entre Venezuela y México y es hoy un paquete fantasma?

Nada descarto en este mundo tan complejo.

rigilo99@gmail.com