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Por Francisco González Cruz

Renacer y transformación por Francisco González Cruz



Renacer y transformación por Francisco González Cruz

A los venezolanos se nos presenta en la coyuntura histórica de hoy, la oportunidad de interpretar cabalmente lo que nos une a la gran mayoría: el amor a la patria, a la familia, al trabajo y a la paz. Nunca en la accidentada vida del país, desde los tiempos que éramos provincia de España y los de la accidentada vida republicana, estábamos tan unidos en torno a esos valores. 

¡Aprendimos! Nos sentimos orgullosos de ser venezolanos, amamos nuestra familia y somos capaces de sacrificarnos por ella, queremos vivir bien, pero con base a nuestro trabajo y que debemos resolver nuestras diferencias sin llegar a la violencia. Ha costado muchos años darse cuenta de esta realidad. Se han vividos tiempos de guerra y tiempos de paz, épocas de pobreza y de bonanza, años luminosos y oscuros. Pero nunca se ha perdido el orgullo de ser venezolanos, el valor del hogar, el querer echar para adelante. Y ahora, quizás en años más recientes, ha crecido el anhelo de paz, que regresen los hijos y se establezca un clima de sosiego para que podamos buscar el bienestar. 

Nos ha costado mucho el aprendizaje, sobre todo en estos últimos años. Los terremotos han puesto de manifiesto el enorme potencial que tenemos los venezolanos y, también la grande y urgente necesidad de contar con instituciones que estén a la altura de esa grandeza espiritual que hemos ganado. 

No queremos más deterioro moral, nos ha salido muy cara la corrupción y la mentira, hemos sufrido mucho con nuestros presos políticos, unos asesinados, otros torturados, muchos arruinados y todos violados en su dignidad como personas humanas. Estamos hartos de cogollos que se abroguen la autoridad de decidir por todos, solo con base a sus mezquinos intereses.

El deterioro más visible es el de los servicios públicos, la salud, la educación y la infraestructura; el que más se siente es la ruina económica que encarece la vida cotidiana. El más sensible es “la traición de los mejores” a decir de Don Mario Briceño Iragorry, las llamadas élites, sobre todo en el campo político, pero sin que se escapen algunos de los gremios económicos, religiosos y hasta intelectuales que “chabacanizaron” el lenguaje con la vulgaridad, el descaro, la mentira y desparpajo cínico. Incluso la cultura y el buen gusto.

La gente, el pueblo en su mayoría, aprendió a valorar lo bueno, la verdad, la honestidad, la solidaridad y el amor a los demás, como se demostró patéticamente en la conducta frente al desastre causado por los terremotos y la irresponsabilidad de quienes deben respetar y hacer respetar las normas y de los inversionistas que privilegian la codicia frente a la cordura. 

La gente está más clara que nunca, el quiebre es de los sistemas, las instituciones y de sus líderes que deben responder del enorme deterioro de tan larga data. Por ello, la unidad del pueblo debe conducir a nuevas realidades, basadas en aquellos valores de libertad, justicia y prosperidad que expresaron los fundadores de la república como Roscio, Ustáriz, Mendoza, Miranda, Bolívar, calibrada a luz de la larga y accidentada historia nacional.

Renacer, pero no para reiniciar la trayectoria pasada, sino para transformar la basada en las raíces y en los aprendizajes que nos han dado los altibajos de la historia y que nos han traído hasta este desastre y también a esta toma de conciencia. Los terremotos naturales y el terremoto institucional que se puso en evidencia, como la claridad del pueblo venezolano, obliga a construir un sistema que interprete el aprendizaje popular. Una buena forma es que ese pueblo sea consultado y que decida libremente, como lo establece la Constitución.

Así pueblo e institucionas estarán alineadas hacia el cabal funcionamiento de un “país como un Estado democrático, social, de derecho y justicia, fundamentado en valores superiores como la libertad, igualdad, derechos humanos y ética, que establece como fines esenciales del Estado la defensa de la persona, la dignidad, la justicia y el bienestar, con el trabajo y la educación como procesos fundamentales, con una estructura federal y descentralizada, basándose en la cooperación, la solidaridad y la corresponsabilidad”.   

La fuerza espiritual que emana del pueblo en los actuales momentos debe estar al servicio de la construcción de nuevas realidades, basada en aquellos valores primigenios, en los aprendizajes del camino y los nuevos desafíos del desarrollo humano integral.