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Si no logramos que las nuevas generaciones sientan latir esa historia, corremos el riesgo de formar ciudadanos sin raíz. Y un pueblo sin raíz es vulnerable, fácil de desorientar y apático ante su propio destino.

Fechas en el calendario: El vacío de la memoria joven



Fechas en el calendario: El vacío de la memoria joven

Arinda Engelke

A las puertas de un liceo cercano, la curiosidad me llevó a hacer una pequeña encuesta informal entre los estudiantes. La víspera del 24 de julio parecía el momento idóneo. Sin embargo, ante la pregunta sobre qué se conmemora en esa fecha —el natalicio del Libertador Simón Bolívar y la decisiva Batalla Naval del Lago de Maracaibo—, la respuesta no fue un dato preciso, sino un abanico de risas apenadas, miradas al suelo y murmullos dubitativos. La conclusión fue tan clara como desoladora: no sabían de qué se trataba.

Para muchos, la fecha no es más que la promesa de un día libre, un paréntesis en la rutina escolar que se celebra por el simple hecho de no tener que madrugar. Pero este desconocimiento no es una anécdota inocente; es el síntoma de una desconexión más profunda.

Existe una premisa tan antigua como certera: nadie ama lo que no conoce, y nadie defiende ni siente pertenencia por aquello que le es ajeno. La historia de una nación no está hecha para acumular polvo en los estantes de una biblioteca ni para limitarse a memorizar próceres fijos en estatuas de bronce. La historia es el relato vivo de quiénes somos, de las batallas —materiales e ideales— que moldearon el suelo que pisamos. Cuando la juventud desconoce esos hitos, la identidad colectiva se diluye en un presente inmediato y amnésico.

No se trata de culpar a los jóvenes. Ellos son el reflejo de un sistema de enseñanza que a menudo convirtió la historia en una lista tediosa de nombres, años y batallas desconectadas de su realidad. Hemos fallado en transmitir la épica, el valor humano y la relevancia actual de esos episodios. La Batalla Naval del Lago no fue solo un combate sobre el agua; fue el sello definitivo de la independencia. Bolívar no fue solo un nombre en una plaza; fue un pensamiento transformador que resonó en todo un continente.

Si no logramos que las nuevas generaciones sientan latir esa historia, corremos el riesgo de formar ciudadanos sin raíz. Y un pueblo sin raíz es vulnerable, fácil de desorientar y apático ante su propio destino.

Hacer patria no es repetir consignas de memoria un día al año; es entender de dónde venimos para saber hacia dónde queremos ir. Reencantar a nuestros jóvenes con su historia es, quizás, la batalla más urgente que nos toca librar hoy.