39 billones de piezas de ajedrez", la jugada maestra de Trump por Giovanny Marquina
En la obra clásica Ajedrez lógico, Mueve por mueve de (1957), escrita por Irving Chernev prolífico ajedrecista e historiador estadounidense de origen ruso, enseñaba que cada movimiento sobre el tablero debe responder a un propósito estratégico deliberado y nunca a un impulso azaroso. Esta premisa entronca con la génesis misma del juego, el antiguo Chaturanga indio, término que traduce "cuatro divisiones": infantería, caballería, elefantes y carros de combate, concebido como un simulador de estrategia militar y de alta política. Bajo esta óptica milenaria, la victoria no se logra mediante agresiones inconexas, sino sacrificando piezas clave para forzar la capitulación inevitable del adversario.
Hoy, la geopolítica global parece ejecutar una partida de naturaleza análoga. En las cancillerías, los think tanks y la opinión pública internacional resuena con fuerza un diagnóstico desalentador, muchos afirman que Donald Trump está desmantelando la hegemonía estadounidense, que se ha embarcado en un conflicto de desenlace incierto con Irán amenazando con tropas terrestres, y que erosiona la cohesión de la OTAN tras sus amagos sobre Groenlandia, mientras acumula fricciones diplomáticas con Canadá, México, Dinamarca. Con informes de firmas como J.P. Morgan quién alerto sobre un eventual desabastecimiento petrolero para mediados de abril de este año 2026 y una economía global al borde del colapso, el juicio superficial concluye que asistimos a una gestión errática.
Sin embargo, cabe preguntarse: ¿y si provocar el reordenamiento del tablero mundial, asumir el costo de la inestabilidad y forzar el colapso de la vieja arquitectura global es, precisamente, el plan? Esta hipótesis adquiere solidez tras la intervención del mandatario estadounidense en la 81° Asamblea General de las Naciones Unidas. Frente al foro global, Trump sentenció con crudeza que, al integrar las capacidades de Estados Unidos y Venezuela, Washington pasa a fiscalizar más del 60 % de las reservas petroleras del planeta, rematando bajo una lógica incontestable: "Al vencedor le pertenecen los despojos". La frase resonó de forma directa en el recinto, donde la delegación venezolana estuvo encabeza por Delcy Rodríguez en su calidad de encargada de la presidencia.
Simultáneamente, la Casa Blanca lanzó un ultimátum a Teherán para forzar un acuerdo bajo sus condiciones. La arquitectura de los recursos globales explica el trasfondo de este movimiento, hoy, el 20 % del crudo mundial transita por Medio Oriente, abasteciendo de forma crítica a potencias e industrias de Asia y Europa (Japón en un 75 %, India en un 60 %, China en un 50 %). Un eventual cierre o disrupción en el Estrecho de Ormuz dejaría a estos actores energéticamente vulnerables, obligándolos a recurrir al suministro producido en el hemisferio occidental o en la Federación Rusa.
Es allí donde la mayor fragilidad financiera de Washington se transforma en su principal palanca de presión. La astronómica deuda pública estadounidense que ronda los 39 billones de dólares se encuentra amortiguada por los fondos soberanos y reservas de Japón, China, Taiwán, Corea del Sur y la Unión Europea. Ante el riesgo latente de una liquidación masiva de bonos del Tesoro hacia activos refugio, la dependencia crítica de la energía, los insumos y los fertilizantes producidos bajo el área de influencia norteamericana neutraliza cualquier intento de diversificación financiera. Quienes pretendan desmarcarse quedan irremediablemente supeditados a la órbita del dólar.
Este modelo de autarquía estratégica no carece de antecedentes, guarda similitud estructural con el viraje aplicado por Vladímir Putin en Rusia, impulsando la autosuficiencia industrial y la reconversión de su aparato productivo. Bajo un diseño equivalente, la articulación de Groenlandia (tierras raras), Canadá (recursos mineros y energéticos), Venezuela (mayores reservas de hidrocarburos), México (plataforma manufacturera) y el control operativo sobre el Canal de Panamá configurarían un bloque continental sumamente protegido. Lo que desde fuera se proyecta como aislamiento o imprudencia geopolítica podría constituir la edificación deliberada de una fortaleza autosuficiente en América del Norte.
En este complejo engranaje de contención y equilibrio, la relación con Beijing y la reciente visita de Xi Jinping el pasado (23-28) de septiembre, como fue la prórroga de la tregua comercial sobre la suspensión de la guerra de aranceles hasta el 10 de enero de 2027, canal de seguridad en Inteligencia Artificial y los compromisos energéticos y financieros, resulta determinante para evitar una escalada destructiva. Como lo sintetiza la diplomacia bilateral, la confrontación absoluta entre ambas potencias representa un escenario en el que ambos lados pierden.
Este esfuerzo busca sortear activamente la "Trampa de Tucídides", según el cual la tensión estructural entre una potencia hegemónica y una emergente suele derivar en una conflagración inevitable. Al garantizar canales de comunicación de alto nivel para la gestión de riesgos en inteligencia artificial y comercio, se intenta administrar la rivalidad de manera calculada.
Lo que se percibe no es el repliegue intempestivo de una potencia, sino una reconfiguración agresiva de sus piezas. Si el objetivo final consiste en desarticular el viejo esquema multinacional para erigir un orden fundamentado en el control directo de los recursos estratégicos, los acontecimientos actuales no señalan el declive estadounidense, sino la transición formal hacia un nuevo e implacable equilibrio geopolítico. En este tablero global, Venezuela queda colocada en la posición de una simple pieza de encaje, supeditada a los intereses norteamericanos, mientras sus ciudadanos seguimos estancados, sin la libertad de escoger nuestro propio futuro y atravesando la peor crisis económica y política que ha marcado la historia del país desde 1777.