Mérida, Octubre Viernes 02, 2026, 05:23 pm
Decía Benedicto XVI
que estamos en tiempos en los que los ancianos ignoran cosas que antes los
niños sabían. Me parece muy cierta, aunque lamentable, esta afirmación.
Considero que muchas personas ignoran nociones que antes eran básicas para
iniciar discusiones sobre cualquier tema y llegar, si no a un acuerdo, al menos
a un entendimiento mínimo. Pregunte usted algo tan básico como las «normas del
buen oyente y del buen hablante», y le sorprenderá la cantidad de personas que
no saben responder.
Se ha visto,
además, que empresas como Meta están siendo llevadas a juicio por los efectos
negativos que generan, especialmente en los jóvenes. Uno de ellos es la
polarización; es decir, la radicalización en la que caen muchas personas
respecto a sus posturas, principalmente porque el algoritmo les refleja solo
aquello que coincide con sus opiniones. Esto crea una falsa sensación de tener
la razón y refuerza sus puntos de vista, fenómeno al que se le ha llamado
«cámara de eco» o «de resonancia». Por todo lo anterior, me parece fundamental
reflexionar sobre nuestra necesidad de pedirle a Dios que reavive nuestra
conciencia.
Empezaré por lo
más básico, ya que he visto que hay quien no sabe distinguir entre conciencia y
consciencia. La diferencia principal radica en el ámbito al que se refieren:
conciencia abarca el juicio moral y ético (distinguir el bien del mal),
mientras que consciencia se refiere a la capacidad cognitiva de percibir la
realidad y darnos cuenta de nosotros mismos y del entorno.
La Real Academia
Española (RAE) permite la intercambiabilidad de estos términos en el sentido de
percepción o conocimiento reflexivo (darse cuenta de algo); por ello, acepta el
uso de conciencia como equivalente de consciencia (por ejemplo: «tomar conciencia»
o «tomar consciencia» son válidas). Sin embargo, conciencia es exclusivo para
asuntos morales o éticos, por lo que en ese contexto solo debe usarse la forma
sin -s- (nunca se escribe «consciencia moral»). Por su parte, el adjetivo
siempre conserva la -sc- en ambos casos: consciente e inconsciente.
La noción que
tengamos de Dios, del bien o del mal influye directamente en nuestro proceso de
toma de decisiones, pues determina qué tan relevante nos resulta actuar de
forma correcta o incorrecta en cada situación. El Antiguo Testamento nos
muestra cómo figuras como los profetas se veían impelidas a denunciar el mal
porque la voz de Dios en su conciencia no los dejaba permanecer indiferentes.
Un buen camino
para reavivar nuestra conciencia nos lo ha dado recientemente el papa León XIV
en su carta apostólica In unitate fidei:
«El Credo de Nicea
nos invita a un examen de conciencia. ¿Qué significa Dios para mí y cómo doy
testimonio de la fe en Él? ¿Es el único y solo Dios realmente el Señor de la
vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos? ¿Es Dios para
mí el Dios viviente, cercano en toda situación, el Padre al que me dirijo con
confianza filial? ¿Es el Creador a quien debo todo lo que soy y lo que tengo,
cuyas huellas puedo encontrar en cada criatura? ¿Estoy dispuesto a compartir
los bienes de la tierra, que pertenecen a todos, de manera justa y equitativa?
¿Cómo trato la creación, que es obra de sus manos? ¿La uso con reverencia y
gratitud, o la exploto y la destruyo, en lugar de custodiarla y cultivarla como
casa común de la humanidad?»
Responder a estas preguntas planteadas por el
Papa constituye un excelente punto de partida para examinar qué noción tengo de
Dios y cuánto influye en mi comportamiento diario. En una época marcada por la
polarización, los bombardeos ideológicos y constantes atentados contra la moral
y la fe, se hace indispensable pedirle a Dios que reavive nuestro
discernimiento y nos conceda la sabiduría para obrar según su voluntad.
Reavivar la conciencia no es un simple ejercicio intelectual ni un debate de
redes sociales; es una tarea del corazón que empieza en lo cotidiano. En la
segunda parte de este artículo, profundizaré en cómo pasar de este examen
interior a criterios concretos para actuar con una conciencia recta en medio
del ruido del mundo actual. Dios con nosotros