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Por Giovanni Marquina

La fiesta terminó del "Chivo" a Nueva York por Giovanni Marquina



La fiesta terminó del "Chivo" a Nueva York por Giovanni Marquina

En el año 2000, el Premio Nobel Mario Vargas Llosa entregó a la literatura hispanoamericana La fiesta del Chivo, una anatomía del poder totalitario basada en la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana (1930–1961). Más que una crónica del terror, la novela es un tratado sobre el derrumbe psicológico, la paranoia y el abandono que sufren los regímenes de puño de hierro cuando el andamiaje del despotismo finalmente colapsa.

A lo largo de sus páginas, Vargas Llosa disecciona cómo el autócrata se convierte en víctima de la misma red de adulación y falsedad que tejió. En las horas previas a su ajusticiamiento, Trujillo experimenta la angustia del aislamiento absoluto, el ocaso físico y la certeza de que el poder que acumuló durante tres décadas es incapaz de salvarlo. El autor retrata a un hombre atrapado en su propia pesadilla, señalando con lucidez desgarradora:

"Había llegado a esa situación en la que un hombre está absolutamente solo frente a su destino, donde los aplausos comprados se apagan y los cómplices se escurren como sombras en la noche».

Esa máxima sobre el destino de las tiranías adquiere hoy una vigencia estremecedora. Transcurridos ya nueve meses desde la captura de Nicolás Maduro en Caracas y su posterior traslado a una prisión federal en Nueva York, este paralelismo literario es la cruda realidad política del autoritarismo en su fase terminal.

El drama del tirano encarcelado alcanzó su punto de mayor pragmatismo e ironía durante la reciente celebrada 81° Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. Hasta la sede de la ONU acudió la encargada de la presidencia de Venezuela, Delcy Rodríguez. Apenas a unos 30 kilómetros aproximadamente de distancia la modesta brecha geográfica que separa el área del complejo de la ONU y los hoteles diplomáticos en Midtown Manhattan hasta el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn donde yace encerrado el antiguo jefe de Estado, la diplomacia venezolana optó por el cálculo, la distancia y la omisión.

Ninguna delegación oficial se acercó a la celda del dictador caído. Quien durante años fue el centro neurálgico del aparato estatal, por quien se organizaban marchas y se redactaban decretos de fidelidad obligatoria, descubrió que en la alta política autoritaria la lealtad dura exactamente lo que dura el poder. A escasos minutos en coche, Rodríguez prefirió sostener reuniones de alto nivel, pronunciar discursos ante el foro multilateral e interaccionar con la comunidad internacional, dejando a Maduro relegado al frío confinamiento de su propia causa penal.

Maduro vive hoy su propio infierno en prisión, el mismo infierno que La fiesta del Chivo describe para aquellos que creyeron que el mando absoluto los hacía inmortales. Privado de la parafernalia del régimen, lejos de las tarimas y los aplausos serviles de las élites que alimentó, el exmandatario experimenta el peso de la soledad que depara la historia a los regímenes desmantelados. El abandono por parte de sus más cercanos colaboradores confirma la tesis central de Vargas Llosa: los tiranos no dejan amigos, solo dejan herederos asustados que buscan afanosamente salvar la piel. 

Mientras los tribunales del Distrito Sur de Nueva York avanzan implacables en el proceso judicial, la historia anota una lección indeleble para la posteridad: las fiestas del poder despótico siempre terminan, y al apagarse la música, al tirano solo le queda la helada compañía de sus propios crímenes.