Mérida, Octubre Viernes 09, 2026, 10:06 am
Mérida en
la tinta y el viento: ¡feliz cumpleaños, ciudad querida!
Hay ciudades que se construyen con piedra y cal, y
hay otras que se edifican, sobre todo, en la memoria y en la palabra. Mérida,
recostada entre la majestuosidad de la Sierra Nevada y arropada por su eterna
neblina mañanera, pertenece a esta última estirpe. En este mes de octubre, al
conmemorar un año más de su fundación, descubro que la mejor manera de
celebrarla no es solo recorriendo sus avenidas o contemplando sus picos, sino
reabriendo las páginas de los libros que han sabido descifrar su alma.
Porque Mérida no es únicamente un paisaje; es una
geografía sentimental redactada a lo largo de las décadas por hombres y mujeres
que hicieron del silencio andino y de la vida universitaria una forma del arte.
Si quisiéramos trazar una ruta literaria para
cantarle el cumpleaños a la ciudad de los caballeros, tendríamos que empezar,
de manera casi obligada, por Don Tulio Febres Cordero. En sus Mitos y
leyendas de los Andes, el Patriarca de nuestras letras revistió a nuestras
montañas de un aura sagrada. Quien haya crecido bajo la sombra de la sierra
guarda en el pecho aquel pasaje inmortal de Las Cinco Águilas Blancas:
«No eran águilas, no; eran cinco masas enormes de
hielo que se asentaron sobre los picos de la sierra. Desde aquel día, la
cordillera quedó coronada de nieve eterna...»
Avanzando en el tiempo, la Mérida de principios del
siglo XX encuentra su retrato más íntimo y nostálgico en la prosa de Mariano
Picón-Salas. En Viaje al amanecer, Picón-Salas nos regala una
estampa imborrable de esa ciudad de tejados rojos, de campanas matutinas, de
arrieros y de patios floridos donde el tiempo transcurría con una lentitud
respetuosa.
Asimismo, es imprescindible destacar la huella
profunda y luminosa que las mujeres han dejado en nuestras letras. Muchas han
sido las damas que le han escrito con devoción a Mérida, regalándonos su mirada
atenta y sensible, aunque en este momento especial recordamos con afecto a dos
de ellas: a la poeta Serafina Cedeño, pionera del verso lírico andino
que le cantó a la serenidad de nuestras cumbres:
«Tierra de cumbres calladas,
donde el aire huele a pino,
guardas en tus alboradas
el secreto del camino.»
Y a Carmen Delia Bencomo, quien con una
ternura narrativa única retrató la magia cotidiana de nuestras montañas:
«Tiene la tarde un sombrero
de neblina y de canción,
y la montaña un pañuelo
guardado en el corazón.»
Tampoco podemos olvidar el ojo agudo de Mario
Briceño Iragorry, quien en su célebre ensayo Mérida la hermética
supo reflexionar sobre la serenidad, la devoción y ese recogimiento señorial
que define el carácter montañés. O la narrativa costeada de costumbres en El
sargento Felipe de Gonzalo Picón Febres, y la poesía cobijada por la
neblina de Antonio Spinetti Dini, quien supo retratar a la ciudad con la
devoción del hijo que la contempla:
«Mérida, la de las cumbres blancas,
la del clima de seda y de esmeralda,
la que viste de niebla sus montañas
y lleva un río azul por la espalda.»
Mérida ha sido, desde siempre, casa cobijadora de
escritores, historiadores, poetas y soñadores. Una ciudad donde la lectura y la
vida universitaria se entrelazan de tal manera que resulta imposible imaginar
la una sin la otra.
En este nuevo aniversario, cuando la tarde caiga y
el frío comience a descender suavemente desde la sierra, propongo un brindis
distinto: abramos un libro, leamos un poema a media voz y reconozcámonos en las
palabras de quienes la soñaron antes que nosotros. Feliz cumpleaños, mi querida
Mérida; sigues estando tan viva en tus páginas como en la cima helada de tus
montañas.
En la frontera entre la realidad y la palabra, siempre
habrá una historia esperándote. Hasta nuestro próximo encuentro en Frontera Literaria. »A.E.