Mérida, Octubre Domingo 11, 2026, 06:32 pm
Los merideños nos sentimos jubilosos de celebrar los 468 años de nuestra Ciudad, según las fuentes documentales fue el domingo 9 de octubre de 1558, día de San Dionisio de París (primer obispo de la capital francesa. Siglo III) que se hizo la fundación de la emeritense de indias en las inmediaciones de la hoy capital municipal de Sucre, Lagunillas, o cercanías de San Juan, sin que hubiese mención de que la exploración buscaba minas para salvar el erario pamplonés.
Sin haberse cumplido el primer
mes, se abandona la ranchería, el primero de noviembre de 1558, para establecer
la ciudad en este lugar donde nos encontramos, bajo el nombre de “Santiago de la Punta de la meseta del Tatuy de los
Caballeros de Mérida”, lo cual tiene, igualmente,
efímera duración, pues en julio de 1559, el funcionario Martín López ejecuta la
mudanza, seis leguas más arriba, al lugar donde está el actual centro citadino.
Todos hoy testimoniamos con
entusiasmos de nuestra merideñidad y renovamos nuestro compromiso con un mejor
devenir, forjado por todos de manera fraterna y solidaria. Como bien lo refiere
el Papa León XIV, en la Jornada Mundial de la Fraternidad Humana de este año: “Sigamos trabajando juntos para que la
dinámica del amor fraterno se convierta en el camino común para todos, y para
que el otro ya no sea visto como un extraño ni una amenaza, sino como un
hermano”.
Conmemorar esta efeméride
emeritense es hacer memoria agradecida del paso
evangelizador de la Iglesia por estas montañas durante estos 468 años de
fructífera siembra de semillas de fe, humanidad, trabajo, estudio, comunidad y
caridad.
Cuando el primer Obispo Ramos
de Lora llega a Mérida el 26 de febrero de 1785, los conventos en esta ciudad
tenían ya 227 años de existencia. Conventos que funcionaron como faros de luz
para la evangelización y la cultura, escuelas conventuales que fueron más allá
del adoctrinamiento en la fe de los indios.
Mérida tiene una deuda eterna
de gratitud con estas comunidades religiosas, comenzando por los dominicos que
trajeron a la Ciudad las primeras enseñanzas científicas. De la Órden Agustina, queda en Mérida grabada
la huella misionera dejada por estos osados hombres de Dios que fueron a las
periferias de la ciudad para fundar la Doctrina de Nuestra Señora de la paz el
4 de septiembre de 1597, en el vasto territorio de Aricagua, con fray Juan
Diego de Navarro, consolidando la fe y la civilidad en nuestros pueblos del sur
merideños.
En 1628 los jesuitas fundaron
el Colegio de San Francisco Javier en Mérida, considerado el primer colegio
menor de Venezuela. Tenía la novedosa facultad de dar educación a los laicos,
con sus cursos de arte y filosofía, por lo que también se le denominó colegio
secular.
La participación de las mujeres se vio honrada con la
presencia de las Monjas Clarisas, que desde 1651 entregaron su vida al
recogimiento y dieron a las mujeres merideñas un espacio para la contemplación,
la formación en el arte y los oficios y un ambiente de profundos valores
religiosos.
También llegaron a Mérida las hermanas de Santa Ana de
fundación española, en la última década del siglo XIX, para ocuparse de los
enfermos y ancianos, hasta consolidarse la presencia femenina con la fundación
merideña, de las hermanas Dominicas de Santa Rosa de Lima (1900), por
iniciativa de monseñor Silva, hoy con una presencia activa en los campos de la
salud, la educación y la evangelización.
El arraigo católico merideño y
la magnificencia de sus obispos y arzobispos, de los dos primeros siglos,
hicieron que la primacía episcopal estuviera en Mérida, a tal punto de que la
tierra zuliana, al igual que buena parte del Estado Falcón, formara parte del
territorio misional emeritense.
Del primer obispo Fray Juan
Ramos de Lora agradecemos su mirada adelantada a su tiempo, al creer y hacer
posible el seminario conciliar “San Buenaventura”, cuna de nuestra Universidad
de los Andes, el 29 de marzo de 1785. La
fe y la cultura, crecieron como los más altos picos y han cobijado a Mérida por
más de 200 años.
Damos gracias por los 7
arzobispos, desde Antonio Ramón Silva, evangelizador de la cultura, con sus
obras, el archivo, el museo, el boletín y el diario “El Vigilante”, aunado a su
celo pastoral que lo llevó a visitar diez veces la extensa diócesis.
Contemplamos la Ciudad de
Mujica Millán, gracias al esfuerzo del arzobispo constructor Monseñor Acacio
Chacón y su auspicio para el hospital de Los Andes.
Unámonos todos a la iniciativa
del querido Monseñor Rafael Pulido de devolver a Mérida la identidad de Ciudad
verde, con el cuidado de la casa común.
Suscitemos en todos, el
compromiso por una catequesis encarnada en las familias, proyecto de Monseñor
Pérez Cisneros, creador del modelo de parroquia participativa con la fundación
de la Parroquia la Milagrosa de Mérida.
Sigamos el ejemplo de santidad
de Monseñor Miguel Antonio Salas, con su esfuerzo por impulsar el seminario y
dotar las comunidades de sacerdotes y movimientos laicales.
Damos gracias por el
permanente dialogo entre la fe y la cultura del Arzobispo Cardenal Baltazar
Porras, su esfuerzo por la valoración y rescate de nuestras tradiciones y
valores más arraigados en el corazón de la montaña andina.
Por último, nuestra eterna
gratitud por la presencia de nuestro actual arzobispo Monseñor Helizandro
Terán, su cercanía y acompañamiento, su esfuerzo por animarnos a una Iglesia en
la que caminamos juntos, nos mueve a la pasión por Cristo y su Iglesia.
Además de un reconocimiento
especial a los sacerdotes camineros, Vicente Alarcón, Eustorgio Rivas,
Crescencio Parra, Boanerges Uzcátegui, Pedro Moreno, entre otros tantos que
hicieron sonar en la serranía los primeros vehículos llevados bajo sus
liderazgos, a pico y palo por la recia montaña del sur merideño.
También Mérida guarda un tesoro inagotable de expresiones
de una fe cristiana encarnada en lo sencillo y cotidiano de nuestra gente, ejemplos
como la pasión viviente de la Punta creada en 1912, junto a los vasallos o
promeseros de la Candelaria, tradición con más de 130 años, junto a los indios
coromotanos del Chama, entre otros tantos.
Quiera Dios que la
religiosidad merideña, como lo enseña el Papa León, “no se quede solo en lo
externo ni en la costumbre, sino que ha de ser una verdadera escuela de vida
cristiana, capaz de ayudarnos a vivir el Evangelio con verdad. Ahí está la tarea, de cuidar una fe
auténtica, formar a nuestros hermanos, fortalecer la fraternidad y traducir la
devoción en compromiso cristiano”. Feliz
cumpleaños Mérida mariana.
Mérida,
11 de octubre de 2026