Mérida, Octubre Lunes 12, 2026, 06:52 pm
Muchas personas vienen a confesarse abrumadas por la culpa de lo que sienten, aun cuando no han cedido voluntariamente a esas sensaciones. Ante tal desorientación, me resulta importante ayudar a distinguir entre sentir y consentir, principalmente a la luz del noveno mandamiento de la Ley de Dios: «No consentirás pensamientos ni deseos impuros».
Lo más esencial
para discernir es esto:
a. Cualquier
sugestión, tentación, imagen o deseo involuntario que surge en la mente o en la
sensibilidad no constituye pecado, pues en ello no interviene nuestra libertad
de la voluntad. b. Un pensamiento se vuelve pecaminoso cuando se cae en lo que
teológicamente se conoce como “delectación morosa”, es decir, cuando la persona
se complace de manera consciente en la idea, aunque no llegue a ejecutarla.
Dios no evalúa únicamente el acto externo, sino la disposición del corazón.
El noveno
mandamiento y el pecado interno: Junto con el décimo (“No codiciarás los bienes
ajenos”), el noveno mandamiento tutela el fuero interno del ser humano.
Mientras el sexto prohíbe el acto externo impuro, el noveno va a la raíz:
prohíbe la concupiscencia desordenada y el consentimiento interior.
En la dinámica de
la tentación, el consentimiento es el acto formal de la voluntad que dice «sí»
al mal. Si se decide internamente pecar, aunque por razones externas (como
falta de oportunidad o miedo a ser descubierto) la acción no se consume, se
incurre en la culpa moral plena.
La gravedad de la
intención de pecar: Desde la perspectiva
de la teología moral, la intención pecaminosa consumada en la voluntad posee la
misma gravedad sustancial que la ejecución del acto, siempre que se cumplan las
tres condiciones del pecado mortal: materia grave, pleno conocimiento y
deliberado consentimiento y hay tres razones que fundamentan esta afirmación:
El objeto formal de
la voluntad: El pecado mortal consiste en alejar deliberadamente el alma de
Dios (aversio a Deo) para adherirse a un bien creado de forma desordenada
(conversio ad creaturam). La ejecución física es solo la extensión de una
elección previamente tomada en la mente.
Las condiciones de
la culpa: Si alguien desea deliberadamente cometer un mal grave (como un
homicidio o un adulterio), existen la materia grave, el conocimiento y el
consentimiento total, aun sin la acción física.
Diferencia de
efectos: La acción externa añade el daño al prójimo y el escándalo público (por
lo que es peor a nivel extensivo). Sin embargo, a nivel intensivo —en el alma
del pecador—, la ruptura del estado de gracia ocurre desde el momento en que la
voluntad asiente al mal.
En cuanto a las
enselñanzas de la Biblia y la Iglesia, la Sagrada Escritura ubica el origen de
la moralidad en el corazón humano: : “Engañoso es el corazón más que todas las
cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17,9, ver también: Mateo 15,
19 y Proverbios 4,23).
Mateo 5, 27-28:
«Han oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pero Yo les digo que
todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su
corazón». Con esto, Jesús elevó la exigencia moral y reveló que la culpa
interior se contrae con la mirada de deseo deliberado.
Mateo 15, 19:
«Porque del corazón salen los malos pensamientos, los asesinatos, los
adulterios, las fornicaciones...». Este versículo nos indica que la fuente de
la pureza o impureza radica en la voluntad.
1 Juan 3, 15: «Todo
el que aborrece a su hermano es un homicida». El odio interno equivale
teológicamente hablando, a atentar contra la vida del hermano.
El Catecismo de la
Iglesia Católica confirma que el corazón es la sede de la personalidad moral
(CIC 1853, 2517). Por ello, la intención determina la calidad del obrar humano
(CIC 1752).
Si una persona
concibe la intención de pecar con pleno conocimiento y libre consentimiento, y
solo se detiene por imponderables físicos o falta de medios, delante de Dios ha
cometido una falta grave.
La Iglesia nos
invita a reconocer no solo las obras hechas, sino también la vida del
pensamiento —tal como se reza en el Yo confieso: «He pecado mucho de
pensamiento, palabra, obra y omisión»— y a acudir al sacramento de la
Reconciliación para restaurar la gracia mediante la práctica de la castidad, el
pudor, la templanza y la custodia de los sentidos.
“...los diez Mandamientos, que no son un
paquete de prohibiciones, de "no", sino que presentan en realidad una
gran visión de vida. Son un "sí" a un Dios que da sentido al vivir
(los tres primeros mandamientos); un "sí" a la familia (cuarto
mandamiento); un "sí" a la vida (quinto mandamiento); un
"sí" al amor responsable (sexto mandamiento); un "sí" a la
solidaridad, a la responsabilidad social, a la justicia (séptimo mandamiento);
un "sí" a la verdad (octavo mandamiento); un "sí" al
respeto del otro y de lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos). Esta
es la filosofía de la vida, es la cultura de la vida, que se hace concreta,
practicable y hermosa en la comunión con Cristo, el Dios vivo, que camina con
nosotros en compañía de sus amigos, en la gran familia de la Iglesia”
(Benedicto XVI). Dios con nosotros