Mérida, Octubre Jueves 15, 2026, 08:42 pm
Si bien la música ha estado presente en las diferentes
etapas de nuestras vidas, por lo
general tenemos la tendencia de hacer de las canciones que nos acompañaron en la juventud las protagonistas de lo que hemos llamado
la banda sonora de nuestras
vidas; esa inclinación afectiva-musical
tiene su fundamento en el hecho de
experimentar en ese período
existencial el descubrimiento de nuevas y voluptuosas formas de percibir, de
sentir, de emocionarnos, de enamorarnos; son de tal magnitud esas novedades en
la sensibilidad que nos genera una especie de entropía emocional que por
supuesto deja huellas casi imborrables en nuestro devenir. De allí ese apego
hacia las melodías que escuchamos en la mocedad.
Dado que exponer en líneas generales las creaciones
musicales de dos décadas tan
significativas como los 60’ y los 70’ requiere de todo un extenso tratado, voy
a limitarme a una parte de la música romántica con la cual las personas de “la
tercera edad” crecimos y luego nos enamoramos en la juventud y que sigue
estando con nosotros como un remanso de sosegada atemporalidad cada vez que la
escuchamos. Nuestros primeros contactos con el mundo de la música durante la
llamada primera infancia fueron primordialmente a través de la radio o del
tocadisco en un mueble similar a un baúl con patas;
nuestras cotidianidades transcurrieron mientras por las ondas
hertzianas fluían extraordinarios arreglos acompañando grandes voces que luego
trascenderían al punto de convertirse en íconos de nuestra canción
popular; imagínense a un niño
que crece escuchando en la voz más dulce de Venezuela (Rosa Virginia Chacín)
algo como esto: “...Imposible que sientas mis besos que con una mirada te doy…”
o a Leo Dan cantando “...Quiero verte, tenerte y besarte y entregarte todo mi
corazón…”, o las acopladas y afinadas voces grupales de Los Hermanos Arriagada
interpretando “Poema es el cantar de un pajarito que vive fuera de su nido con
la esperanza de volver” y qué decir de “Magia blanca tú tienes/ me has
hechizado a mi / con tu mirada coqueta / con tu manera de hablar…” en ese súper
éxito del Trío Venezuela.
Pero ese acompañamiento musical en nuestra infancia no se
detiene, vendrían luego dando sus primeros pasos en la escena musical
de nuestra América
vocalistas
foráneos
avasallantes en calidad y virtuosismo interpretativo como Sandro, Raphael,
Leonardo Favio y Armando Manzanero, y de nuestra amada Venezuela tuvimos entre
muchos a Nancy Ramos y su “Bámbola”, Los Darts y sus versiones de éxitos en
inglés; mención especial para Cherry Navarro quien con su temprana muerte nos sumió en un luto
colectivo sin distingo de edad y nos dejó sembrada en el alma su “Aleluya” con
la inmensa carga poética autoría del español Luis Eduardo Aute. Con ese
cancionero de amor profundamente humano interpretado por voces de comprobado
talento transcurrió nuestra infancia.
Y así llegamos a la etapa de la vida en la cual somos un
amasijo de cambios y nuevas formas de percibir y sentir debatiéndose contra
todo lo necesario para encontrar lugar a nuestra identidad y autonomía, donde
el acto de enamorarse tiene un rol tan impactante que signa el andar de la
existencia. Llegamos a la adolescencia y la posterior entrada a la adultez en
el marco temporal de la esplendorosa, creativa, original y sobre todo
voluptuosa década de los 70’. Imposible describir tanto talento musical en unas
pocas líneas, razón por la cual voy a referirme a parte de mi vivencia personal
y a partir de allí extrapolar a lo vivido en forma generalizada.
Viví la pubertad y adolescencia inmerso en la música de
grandes intérpretes entre los que destacaron lo que he catalogado como “Las
invasiones extranjeras” (Argentina: Silvana di Lorenzo, Tormenta, Palito
Ortega, Sandro, Leonardo Favio, Jairo, Elio Roca, Piero, Carlos Javier Beltrán,
Yaco Monty, King Clave). México: Marco Antonio Muñiz, Armando Manzanero,
José José, Juan Gabriel, Emmanuel, Vicente Fernández, José María Napoleón. España;
Rocío Dúrcal, Jeannette, Mary Trini, Nino Bravo, Raphael, Camilo Sesto, Manolo
Galván, José Luis Perales, Julio Iglesias); fuí testigo del auge, desarrollo y
declive del boom de las agrupaciones de balada romántica: Los Terrícolas, Los
Nómadas, Punto Sur, Los Angeles Negros, Los Pasteles Verdes, Los Galos). De
Venezuela vi y sobre todo escuché la consagración de Mirla Castellanos, Mirtha
Pérez, Mayra Martí, Mirna Ríos, María Teresa Chacín, Trino Mora, Rudy Márquez,
Henry Stephen, Pecos Kanvas, José Luis Rodríguez y un largo “entre otros”. Capítulo aparte haremos con las baladas en
inglés y el movimiento de la trova iberoamericana.
Con todo ese bagaje musical es lógico asumir que los que
pertenecemos al grupo poblacional denominado “Adulto mayor” tenemos razones de
sobra para sentirnos orgullosos de haber dado nuestros primeros pasos por los
senderos del enamoramiento acompañados por tan excelsa calidad interpretativa y
de contenido. Pero más allá del orgullo está primordialmente lo que habita en
nuestro entramado existencial generado por esa herencia musical y que nos hace
querer volver “a los viejos sitios donde
amó la vida” sin que esto implique dejar de vivir honrando el presente con
toda la intensidad que esté a nuestro alcance.
En esta oportunidad comparto una pequeñísima y
significativa muestra del cancionero de amor de los 60’ y 70’:
Un momento
contigo (Chelique Sarabia) – Rosa Virginia
Chacín https://www.youtube.com/watch?v=jzxwssCx6Ec
Aquí,
allá y donde sea (Lennon – Mc Cartney.
Versión: Carlos Moreán)
– Los Darts https://www.youtube.com/watch?v=Hl5fXYNsuio
Háblame
suavemente (Nino Rota, Larry Kusik. Versión:Rudy Márquez)–Rudy Márquez
https://www.youtube.com/watch?v=8w9MiCpXUbY
Te juro que te amo (O. Prudente, Mogol, B. Lauzi)
– Los Terrícolas https://www.youtube.com/watch?v=_1cEmh4S-zE
Hasta una próximo Apunte...