Mérida, Septiembre Miércoles 23, 2026, 01:09 pm
Hay
expresiones que, cuando nacen del liderazgo de la nación más influyente del
planeta, no pueden desvanecerse como simple retórica de campaña. Se transforman
en compromisos públicos, en estándares éticos y en la vara con la que la
historia medirá a quien las pronunció.
El
20 de enero de 2025, al asumir nuevamente la presidencia, usted Sr. presidente
Donald J Trump proclamó el inicio de lo que bautizó como «la restauración
completa de América y la revolución del sentido común».
Aquel
concepto resonó con fuerza y a mí en lo personal me pareció poderosa porque el
verdadero sentido común trasciende las etiquetas políticas. No pertenece a
republicanos ni a demócratas; no es patrimonio de la derecha ni de la
izquierda. En su formulación más honesta, el sentido común es — la capacidad
de confrontar la realidad sin sesgos, evaluar los hechos con objetividad y
actuar con lógica, proporcionalidad y apego a la verdad—.
Sentido
común es entender que las leyes se aplican caso a caso y no mediante estigmas
colectivos. Es comprender que los intereses nacionales jamás deberían
alcanzarse pisoteando los principios fundacionales de la justicia. Y, sobre
todo, es exigir que los actos de un gobierno guarden una estricta coherencia
con las palabras que utilizó para justificarlos.
Por
eso, señor presidente, hoy le escribo desde una profunda y legítima
perplejidad. Como venezolano que reside, trabaja y tributa en los Estados
Unidos, y que ha seguido milimétricamente el destino de su país de origen, veo
abrirse un abismo insalvable entre el discurso y los hechos.
¿Es
esto, señor presidente, la revolución del sentido común?
Durante
décadas, Venezuela fue un proveedor energético confiable para los Estados
Unidos. Cuando el mercado estadounidense lo requirió, los hidrocarburos
venezolanos mantuvieron en marcha sus refinerías y alimentaron su economía.
Hoy, la diáspora venezolana que llegó a este país huyendo del colapso no vino a
pedir dádivas: vino a trabajar, a aportar talento técnico y profesional, a
fundar empresas y a reconstruir sus vidas en un marco de orden.
Por
eso resulta un insulto al sentido común elemental la ligereza con la que se
califica genéricamente de «indocumentados» a decenas de miles de venezolanos
que han seguido escrupulosamente los canales legales.
Hablemos
de hechos tangibles: ¿cómo puede llamarse indocumentado a un ciudadano que
porta en su bolsillo dos credenciales oficiales emitidas por el propio Estado
norteamericano? Por un lado, un Documento de Autorización de Empleo (EAD)
expedido por el Servicio de Ciudadanía e Inmigración (USCIS) tras rigurosos
filtros de antecedentes biométricos; por el otro, una licencia de conducir
emitida bajo los estándares federales de la ley REAL ID, la cual exige pruebas
irrefutables de identidad y presencia autorizada.
Reducir
a la condición de clandestinidad a quien ha sido expresamente registrado,
verificado y autorizado a trabajar por el propio sistema administrativo es un
despropósito burocrático y moral.
Peor
aún es la sistemática confusión entre estatus migratorio y criminalidad. Las
estadísticas oficiales de detención revelan una realidad elocuente: la inmensa
mayoría de los venezolanos bajo procedimientos migratorios no tienen una sola
condena penal ni un récord criminal en su haber. Son padres de familia,
profesionales, ingenieros, técnicos y obreros.
Sin
embargo, en el discurso público y en la práctica operativa, la distinción entre
un miembro de una banda delictiva y un trabajador honesto parece haberse
borrado. Casos como el de Wilber Rafael Garcés Pérez en Texas —un joven baleado
mientras realizaba labores de reparto— encienden alarmas inapagables sobre la
proporcionalidad en el uso de la fuerza y el respeto al debido proceso. Si el
sentido común gobierna, ¿dónde termina la aplicación legítima de la ley y el
orden, y dónde comienza la cacería indiscriminada motivada únicamente por la
nacionalidad?
Pasemos
al plano económico y geoestratégico. Tras la operación militar del 3 de enero
de 2026 que culminó con la captura y traslado de Nicolás Maduro a territorio
estadounidense, su administración asumió la custodia y administración de los
ingresos derivados de la comercialización petrolera venezolana bajo el amparo
de órdenes ejecutivas que reconocían dichos fondos como patrimonio del pueblo
venezolano.
Según
reportes consolidados del Financial Times, en tiempo récord las ventas
de crudo no solo cubrieron con creces los costos operativos, sino que han
permitido acumular más de 13.000 millones de dólares bajo custodia de
Washington. En septiembre se anunció con bombos y platillos el mayor acuerdo
petrolero de la historia reciente, asegurando participaciones de hasta el 35% y
reservas estratégicas a largo plazo para los Estados Unidos.
El
pragmatismo financiero es comprensible, pero el sentido común impone preguntas
contables inaplazables:
Si
los barriles siguen saliendo y el flujo de caja se multiplica, ¿por qué el
venezolano común sigue padeciendo el colapso catastrófico de su sistema
eléctrico, la falta crónica de agua potable, hospitales desabastecidos y una
infraestructura en ruinas? ¿Quién audita esos fondos? ¿Cuánto dinero ha
retornado de forma auditable a territorio venezolano para aliviar el
sufrimiento de su gente? ¿Por qué su Secretario del Tesoro Scott Bessent
reconoció ante el Congreso que su departamento administra la cartera de activos
venezolanos (incluyendo petróleo y oro), pero dijo no conocer las cifras
totales o detalles exactos sobre el monto y la ubicación precisa de dichos
fondos?
La
promesa de que estos acuerdos beneficiarían a ambas naciones no puede quedarse
en un titular corporativo. Si la máxima es: «América First», que eso no
signifique «Venezuela Last».
Si
Estados Unidos gana estabilidad y crudo, Venezuela tiene el derecho
incuestionable de ver esa riqueza traducida en reconstrucción real, no en un
nuevo esquema de opacidad donde el ciudadano de a pie vuelve a ser el gran
olvidado.
La
última y más dolorosa contradicción radica en la coherencia política, y por eso
vuelvo a preguntarme por el sentido común.
Durante
años, su administración denunció con severidad irrebatible a la cúpula que
detentaba el poder en Caracas, tachándola de organización transnacional y
ofreciendo recompensas por sus principales figuras. Sin embargo, tras la caída
de la cabeza visible, el resto de la estructura no fue sometida a una rendición
de cuentas, sino ascendida a interlocutora prioritaria.
Resulta
difícil explicarle al ciudadano común cómo una figura como Delcy Rodríguez
—quien hasta hace apenas meses promovía campañas de recolección de firmas y
agresiones retóricas contra usted señor presidente Trump y contra los Estados
Unidos— pasa de ser parte de esa estructura denunciada a ser recibida en el
marco de la Asamblea General de la ONU y tratada como socia de facto en
acuerdos comerciales y energéticos, la muy “respetada” Delcy.
Nadie
desconoce la necesidad del diálogo diplomático. La política internacional exige
sentarse con adversarios. Lo que repugna al sentido común es la falta de
transparencia sobre lo que motivó el giro: ¿Cambiaron los principios morales o
simplemente cambiaron las prioridades comerciales? ¿Bastó una firma sobre un
contrato petrolero para borrar de un plumazo el prontuario de delitos, abusos,
saqueo y violaciones sistemáticas a los derechos humanos que desangraron a
nuestra nación?
Señor
presidente: usted prometió gobernar con lógica, justicia y apego a la realidad
práctica.
El
sentido común no es negociar con quienes saquearon un país mientras se persigue
y se señala al migrante que huyó de ese mismo saqueo para trabajar honradamente
en sus ciudades.
El
sentido común exige:
Usted
pidió que los hechos hablaran por encima de las ideologías. Quienes conocemos
de cerca las consecuencias de la incoherencia y el quiebre de la palabra
gubernamental porque lo vivimos con los dictadores de la cleptocracia narco
criminal, le hacemos hoy la misma pregunta que resuena en las calles y en la
conciencia de millones de estadounidenses, venezolanos y ciudadanos del mundo:
Señor presidente, ¿dónde quedó la revolución del sentido
común?