Mérida, Agosto Sábado 15, 2026, 04:38 am
SELECCIÓN DE FOTOS PRELIMINAR
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PROFESOR VIGILIO
CASTILLO |
3246/ 3249 /
3367 / 3320 |
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PROFESOR
ÁNGEL ANDARA |
3239 / 3240 /
3347 / 3308 |
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PROFESOR VICTOR
MOLINA |
3259 / 3268 /
3269 / 3351 /3323 |
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PROFESOR GUSTAVO
ALCANTARA |
3254 / 3268 /
3358 / 3252 / 3329 |
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Grupal 1 |
3291 |
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Grupal 2 |
3374 |
Con normalidad (a pesar de algunos gestos de protesta) se ha
producido el traspaso de poderes en Lima. Luego de unas elecciones de
resultados muy cercanos –avaladas por los órganos oficiales y por todos los
observadores imparciales– juró su cargo Keiko Fujimori (n. 1975), la hija del
antiguo dictador, quien con constancia admirable formó un movimiento (Fuerza
Popular) para adelantar un programa de desarrollo basado, en gran medida, en
las ideas de su padre.
En contraste, no fue tranquila la sucesión en Colombia:
Gustavo Petro (2022-2026) no reconoció el triunfo sorpresivo del candidato
opositor, Abelardo de la Espriella (n. 1978).
Cabe preguntarse si la elección de Fujimori hace parte del
movimiento pendular que llevó al poder a líderes conservadores en casi todos
los países de Sur América o si se trata de una reacción del electorado peruano
ante la inestabilidad reinante desde hace algunos años. Pedro Pablo Kuczynsk
(2016-2018), Martin Vizcarra (2018-2020), Manuel Merino (2020) y Francisco
Sagasti (2020-2021) cumplieron un período y Pedro Castillo (2021-2022), Dina
Boluarte (2022-2025), José Jeri (25-26) y José María Balcázar (2026) el
siguiente. Con anterioridad, desde la caída (2000) de Alberto Fujimori (años de
terrorismo y dictadura), habían concluido sus mandatos –no sin sobresaltos–
Alejandro Toledo (electo al final de un interinato constitucional), Alan García
y Ollanta Humala (2001-2016). A lo largo de su historia, el país ha vivido
vicisitudes diversas: hegemonías progresistas (Ramón Castilla, Augusto Leguia),
dictaduras militares tradicionales (Manuel Odria) o revolucionarias (1968-1980)
y ensayos democráticos, con largos intervalos de inestabilidad.
La calma no ha reinado en ocasión de actos similares en
Colombia. A ello ha contribuido la conducta del presidente saliente, que se
negó a admitir la derrota de su candidato (según resultados avalados por los
observadores imparciales). La diferencia fue clara: con una alta participación
del electorado (63,59%) su opositor (de la Espriella) obtuvo 251.854 votos más
que el oficialista (I. Cepeda). El exmandatario tuvo gestos ajenos al espíritu
democrático, pero sus llamados a la protesta fueron seguidos por pocos. No ha
ayudado a la tranquilidad el recién electo. Falto de experiencia, ha jugado a
la provocación. No es práctica recomendada, menos aún en Colombia. El país
sufrió varias guerras civiles en el siglo XIX y desde 1948 no ha conocido la
paz. Incluso ha perturbado la de sus vecinos. Siempre ha estado prendida la
hoguera de la violencia, atizada desde los años 70 por las actividades ligadas
al narcotráfico
Desde mediados del siglo XX, en muchos países
latinoamericanos el poder ha pasado (en ajetreo pendular) de un extremo al otro
del espectro político: de la democracia a la dictadura militar, de la derecha
(en diversas expresiones) a la izquierda (y hasta ensayos fantasiosos de
socialismo). Los intentos democráticos posteriores a la Guerra Mundial fueron
interrumpidos por la internacional de las espadas. A finales de los años 50 se
restablecieron los gobiernos de partido (solo subsistieron los de Colombia y Venezuela).
Pero, so pretexto de frenar la expansión del comunismo cubano (posesionado
desde 1959), surgieron terribles dictaduras: Argentina, Brasil, Uruguay, Chile.
En los años 80 pareció renacer el espíritu democrático. Incluso en México, tras
siete décadas se abrió el sistema político. Eso permitió la adopción de la
Carta Democrática Interamericana (Lima, 2001). Lamentablemente, para entonces
comenzaba a soplar el vendaval chavista, que impulsó diversas formas de un
llamado poder popular.
En el nuevo siglo, el movimiento pendular se aceleró. La
Carta Democrática, garantía de estabilidad, libertad y derechos, pareció
guardarse en algún cajón burocrático. Con el apoyo de los ingresos petroleros
de Venezuela, líderes de movimientos de izquierda (algunos adherentes al Foro
de Sao Paulo) fueron elegidos en Brasil (2002), Argentina (2003), Bolivia
(2005), Ecuador, Honduras y Nicaragua (2006), Paraguay (2008), El Salvador
(2009) y Perú (2011). Iniciaron procesos revolucionarios y desmontaron las instituciones
democráticas. En un segundo tiempo, tras el fracaso de los ensayos, los pueblos
de casi todos aquellos países decidieron ejecutar cambio de rumbo, hacia la
derecha. Pero algunos reincidieron (como Brasil, Argentina y Honduras). En todo
caso, desde 2023 dirigentes muy conservadores, apoyados por Donald Trump,
triunfaron: Javier Milei (2023), Daniel Noboa (2023), Rodrigo Paz (2025), José
Antonio Kast (2026) y Abelardo de la Espriella (1926), y en Venezuela se
produjo la extracción de Nicolás Maduro (2026).
Hubo un tiempo en que los cambios estaban dirigidos a
liberar a los pueblos oprimidos y mejorar la suerte de hombres y mujeres
desposeídos. Entonces, las ideas (el nacionalismo, el liberalismo) alentaban a
los revolucionarios. Durante siglos fue la lucha por la tierra y después la
defensa de los trabajadores. Luego de la emancipación se enfrentaron las
ambiciones de otros imperios (Juárez en México, Martí en Cuba, Sandino en
Nicaragua). Pasada la gran guerra, aparecieron movimientos inspirados en los
soviets. ¡Otro mundo era posible! Lo predicaban activistas comunistas (Prestes
en Brasil) e intelectuales (muralistas en México, poetas al Sur: Vallejo,
Huidobro). También otros que creían en la revolución democrática: Betancourt en
Venezuela, Figueres en Costa Rica, Lleras en Colombia. Al mismo tiempo, desde
los años 30 hubo intentos de organizar movimientos nacionales sin vínculos
extranjeros: el Estado Novo (de Vargas) en Brasil y el justicialismo en
Argentina (de J.D. Perón).
Los dirigentes demócratas de la segunda mitad del siglo XX
aspiraban al poder para realizar el cambio social. En América Latina era
posible alcanzar el desarrollo, mediante la ejecución en libertad de un
programa convenido, como en Europa gobiernos libres levantaban las viejas
naciones de las ruinas que había dejado la guerra. Una circunstancia favorable
resultaba la elección en Estados Unidos (1960) de John F. Kennedy, quien
ofrecía una Alianza para el Progreso. Hubo avances (en educación, salud,
infraestructura), pero el objetivo central no se cumplió. No se superó la
pobreza mediante la extensión de la capacidad productiva a las clases
populares. Lo impidieron, entre otros factores, la falta de proyectos de país
que comprometiera en cada caso a todos los sectores; el asalto al poder por los
militares (sin capacidad para manejar tareas civiles) y la corrupción en los
equipos dirigentes (públicos y privados), que se apoderaron de los recursos
necesarios.
¿De dónde viene a los latinoamericanos esa tendencia a la
inconstancia y la informalidad que provoca la inestabilidad que ha
caracterizado sus sistemas políticos? El asunto se planteó desde los inicios de
nuestras repúblicas, incluso en los debates de sus primeros congresos.
Francisco de Miranda suscribió con reparos la primera constitución de
Venezuela: “no está ajustada con la población, usos y costumbres de estos
países”. En el momento en que se les entregó prisionero a los españoles
(31.7.1811), expresó: “Bochinche… Bochinche. Esta gente no sabe hacer sino
bochinche”. Guerreaban entre sí los aborígenes y sus discordias facilitaron las
conquistas de Cortés y de Pizarro. No faltaron las disputas, incluso armadas,
entre españoles durante los siglos siguientes. De manera que aquella
inclinación venía de atrás, en ambas ramas. Concluido el proceso
independentista no se impuso la paz. “No hemos tenido un momento de sosiego”,
recordó García Márquez en Estocolmo (1952).
Distintas explicaciones se han dado a esa conducta. Muchos
la atribuyen a la falta de experiencia de los primeros ciudadanos en instancias
de gobierno (que sí tenían los colonos del Norte): lo observaron el precursor
venezolano y el novohispano Fernado de Mier. El argentino Juan Bautista Alberdi
sostuvo, por su parte, que la causa de los males sociales estaba en el poder
excesivo del Estado: se requería la mayor libertad posible. Pero, los
positivistas alegaron la tendencia natural a la anarquía y la carencia de
preparación para explicar los regímenes de caudillos (o de gendarme necesario)
desde finales del siglo XIX. Más recientemente, se atribuye la inestabilidad al
subdesarrollo que provoca tensiones entre los diversos sectores de la
población. El maestro Leopoldo Zea consideró que la clave estaba en la
situación de dependencia de la región, mientras que el filósofo Briceño
Guerrero en el encuentro traumático de las tres culturas originarias.
Parece pronto para predecir la duración de la nueva ola que
ha invadido casi todos los países de América Latina. Según muchos puede estar
vinculada a la suerte política de Donald Trump en Estados Unidos, que se pondrá
en juego en menos de tres meses. Ha manifestado su apoyo a algunos de los
ganadores y sostiene (en inédita y ajurídica intervención) el régimen
poschavista de Venezuela. Pero también es evidente que el retorno del péndulo
en otros casos mostró la inconformidad de los pueblos ante sus antiguos
gobernantes y pueden volver a compartir el mismo sentimiento y repetir la
acción de protesta.
X: @JesusRondonN