Mérida, Mayo Sábado 16, 2026, 12:43 am

A pesar del cambio de
paradigma que supuso la relatividad general al describir la gravedad como una
deformación del espacio-tiempo, la ley de gravitación universal de Isaac Newton
(1687) se mantiene como el pilar operativo de la mecánica celeste. En entornos
de gravedad moderada, como nuestro sistema solar, esta ley es la herramienta
fundamental para entender el movimiento de los astros.
En el sistema Tierra-Luna, las órbitas pueden ser calculadas con tal exactitud que el margen de error es prácticamente nulo. Desde los vuelos pioneros y el proyecto Apolo hasta la reciente misión Artemis II, las rutas se proyectan mediante gravitación newtoniana. Los vehículos siguen verdaderas “autopistas gravitacionales” diseñadas bajo una premisa geométrica: las órbitas solo pueden ser secciones cónicas (círculos, elipses, parábolas o hipérbolas).
En la práctica, esto implica encender motores en momentos exactos para "encajar" en la trayectoria deseada. Un ejemplo crítico fue el Apolo 13: tras la explosión de un tanque de oxígeno, una maniobra basada en estos protocolos salvó a la tripulación usando la gravedad lunar para impulsarse en una "trayectoria de retorno libre". Es lo que llamamos "ingeniería gravitacional": un trabajo de alta precisión donde el mínimo error marca la diferencia entre el éxito y la catástrofe.
En diciembre de 1972, el Apolo 17 fue la última misión tripulada a la Luna; 54 años después, la misión Artemis II de la NASA ha vuelto a nuestro satélite. Aunque no estaba destinada a descender, su vuelo, en una ruta diseñada meticulosamente, es una verdadera reivindicación de Isaac Newton.
La misión comenzó con el lanzamiento del cohete SLS desde el Centro Espacial Kennedy. Tras separarse a 192 km de altura, la cápsula Orión adquirió una órbita elíptica alargada alrededor de la Tierra, alejándose hasta los 71 656 km. Durante 24 horas, la tripulación validó los sistemas de soporte vital antes de emprender el viaje definitivo.
Al completar la elipse, se realizó la inyección trans-lunar. Orión encendió sus motores hasta obtener la velocidad para una órbita ligeramente hiperbólica. Se trataba de una trayectoria abierta: sin el encuentro con la Luna, la cápsula se perdería en un viaje sin retorno hacia la gravedad del Sol. Al alcanzar la zona de influencia lunar, la gravedad del satélite curvó su trayectoria. En el lado oculto, el 6 de abril, la nave alcanzó su perilunio (el punto más cercano a la Luna) a 6545 km.
Siguiendo esa inercia, la cápsula alcanzó una distancia máxima de la Tierra de 406 771 km, un nuevo récord humano. En la fase de regreso, al situarse a 66 000 km de la Luna, la gravedad terrestre volvió a ser dominante, proyectando una trayectoria hiperbólica cuyo perigeo se situó ligeramente dentro de las capas altas de la atmósfera. Allí comenzó el frenado necesario para abrir los paracaídas y lograr un amarizaje suave.
Lo más resaltante fue que los motores principales solo se encendieron para la inyección trans-lunar. La propulsión inicial debió ser milimétrica para que la nave, guiada por la gravedad, alcanzara los puntos clave con la velocidad exacta. Una verdadera proeza de ingeniería gravitacional.
Divulgador científico de la
Fundación Centro de Investigaciones de Astronomía y Tecnologías Aplicadas
(CIDATA).