CORRIDA IN MEMORIAM
El síndrome del pánico al triunfo sepulta el gesto de Borja Jiménez en Las Ventas
ZABALA DE LA SERNA
Diario ABC de Madrid
Fotos: Plaza 1
El gesto de Borja Jiménez en la Corrida In
Memoriam acabó sepultado por el síndrome del pánico al triunfo, ese terror
atenazante para pinchar las faenas que le llevaban a él. Los únicos toros que
marró con la espada fueron los de la gloria. Un sinfín de circunstancias
adversas se dieron, es cierto. Pero tampoco ayudó la mala cabeza, salir tan
atacado, acelerado, quemando las naves. Mucha ansiedad también en las
circunstancias favorables. Jiménez no se imbuyó de templanza hasta que no
apareció el sobrero de El Torero, un superclase. Y esto sucedió en el penúltimo
turno, con la loable fortaleza mental para aguantar todo lo adverso pero no con
la lucidez para haber encauzado mucho antes la tarde. Incluso en los albores.
Fue siempre a contrarreloj.
Borja Jiménez se postró a porta gayola ya en el
primero como si no hubiera más toros ni hubiera mañana. Escapó de milagro de la
cornada, tan pronto, después de un cuerpo a tierra in extremis para evitar la
bala. Pasó el toro recto como un obús y se revolvió como un rayo: Borja alcanzó
la trinchera del callejón con la muerte en los talones. Regresó al ruedo para
pegarle un farol de rodillas y, finalmente, tres verónicas y una media allí en
el "9". El galope templado del toro de Domingo Hernández era todo lo contrario
a las prisas que traía BJ; la calidad latía en su forma de colocar la cara.
Brindó a Julián Guerra, su apoderado, el ideólogo, en un largo parlamento. Fue
para lo único que el torero de Espartinas se tomó su tiempo. A continuación
todo fue muy seguido y rápido. Un buen principio de faena -dos trincheras, el
pase de la firma, otro del desdén-; dos buenas series de derechazos; una
notable de naturales...Y el buen toro, que pedía lo opuesto a las velocidad, se
afligió a la salida de los naturales y se echó. Ya no sería nunca más el mismo
y aquello cayó a plomo. Una estocada baja, una ovación.
Quedaba mucha corrida. Pero Borja Jiménez siguió
atacadísimo. Saltó un toro cinqueño de Toros de Cortés imponente, serio y
hondo, haciendo cosas que, aun con el poder preciso, podían llevarle al
paraíso. La lidia fue un desastre: a BJ, con la cabeza nublada, se le ocurrió
hacer un quite por chicuelinas, precisamente a éste, cuando apenas intervino en
quites. El toro hizo varias sentadillas, incrementando las protestas. El
presidente lo sostuvo hasta que un infortunado capotazo por alto sobresaliente
Álvaro de la Calle, a la salida de un par, lo derruyó, literalmente. Hubo que
apuntillar al toro, tan mal colocado en su derrumbe. Entró la tarde en un
despropósito, quemadas las naves primeras hacia el triunfo.
Salió el sobrero, de Victoriano del Río también,
amplio de carnes, pero como sin preparar. Borja Jiménez había vuelto a irse a
porta gayola en un lío considerable. El toro no valía, pero terminó de
condenarse en un muletazo por alto que lo quebrantó malamente. Al menos los
venía matando. Echaron para atrás también el tercero, de Domingo Hernández, y
salió una raspa del mismo hierro, el toro peor presentado de un mes de toros.
Y, para más inri, flojo, renqueante. La faena se desarrolló entre las lógicas protestas
y el temple aún no había bajado al sevillano.
La oportunidad volvió a presentarse con otro toro
de Toros de Cortés de insigne reata: Soleares. Bajo, armado y muy bravo. A
Borja lo enviaron otra vez a portagayola. Como si eso fuera a arreglar nada.
Jiménez no se vino abajo. Soleares tampoco. La faena tuvo transmisión, más
velocidad que ritmo, profundidad en su izquierda, siempre conectada con el
público. Algún tirón que hacía enterrar los pitones en el ruedo. BJ la había
dado la vuelta a la tarde como para cortar una oreja de esperanza, siendo el toro
muy importante. Unas manoletinas. Y apareció el síndrome del pánico al triunfo.
Fue a pinchar el único toro que no debía pinchar. Se pidió el trofeo y dio la
vuelta al ruedo como premio de consolación.
La tragedia sobrevoló la plaza cuando devolvieron
al quinto toro y, una vez dentro, se volvió. La puerta no estaba bien cerrada y
la abrió, golpeando a un trabajador que, por segundos, quedó sin conocimiento y
a merced de la bestia: ni lo vio, derrotando solo contra la segunda puerta. Los
domingos, milagro. Saltó entonces un tercer sobrero, de El Torero, que derrochó
mucha clase. Borja Jiménez, aún agarrado a la ilusión y ahora imbuido de
templanza, cuajó la faena de la tarde, la curva y la lentitud, un bramido
creciente. El mejor torero posible con el penúltimo cartucho. Rugía, por fin,
Madrid. Aquello había cogido el camino de la Puerta Grande. Pero BJ -ay, la
cabeza- empezó a pasarse de faena. Como si no quisiera afrontar la hora de la
suerte suprema. Y, cuando llegó, ya con el toro más encogido, agarró de nuevo
hueso con la espada. Una y otra vez. El síndrome del pánico al triunfo lo
atrapaba. Ya no valió el último toro y la losa caía a plomo. A éste, por
cierto, sí lo mató.
FICHA
DEL FESTEJO
PLAZA
MONUMENTAL DE LAS VENTAS. Corrida In Memoriam a Ignacio Sánchez Mejías, fuera
de abono, con cartel de "no hay billetes" (23.800 espectadores), en
tarde calurosa.
Dos
toros de DOMINGO HERNÁNDEZ (1º y 3º, este como sobrero de uno devuelto del
mismo hierro); dos de TOROS DE CORTÉS 4º y 6º) y sendos sobreros de VICTORIANO
DEL RÍO (2º, que sustituyó a un titular de Cortés) y EL TORERO (5º, este como
relevo de uno de Domingo Hernández). De muy dispares hechuras, volúmenes y
cuajo, hasta cuatro de ellos ofrecieron posibilidades de triunfo, por nobleza y
buen son, dentro de desiguales fuerzas. Destacó especialmente el bravo y
repetidor cuarto, de Toros de Cortés, y para mal, por falta de casta, segundo y
sexto.
BORJA
JIMÉNEZ, de blanco y oro, como único espada: estocada honda baja delantera
(palmas); estocada atravesada y descabello (silencio); estocada (silencio);
media estocada tendida y descabello (vuelta al ruedo tras petición de oreja);
cuatro pinchazos, media estocada desprendida y descabello (ovación tras aviso);
estocada atravesada (silencio).
Al ser
devuelto a los corrales, el quinto toro golpeó en el pasillo de corrales a uno
de los operarios, produciéndole un fuerte traumatismo por el que fue trasladado
a un centro médico para su estudio.