Una forma platónica de existencia por Ricardo Gil Otaiza
Cada vez que iba a la casa de su abuela se topaba con él, pero no con una corporeidad, sino con una mirada, pero no una mirada cualquiera, sino oblicua, de fuego, perdida en algún recodo de su mente, que lo acechaba como si su desvarío fuese parte fundamental de un tiempo casi extinto, que se borraba sobre la marcha: como una pieza musical que se desgrana desde un aparato y ya no es más cuando finaliza o se apaga, porque se desvanece en el aire; un pretérito continuo, un futuro incierto, un presente dislocado como el más truculento artificio literario.
Se trataba de un escritor, y su nombre artístico era RAFCALOP: que conjugaba las iniciales de su nombre y apellidos orgullosamente castizos (Rafael Calderón López), y que, como mantra, acechaba, horadaba la mente y reiteraba en todo momento hasta caer en el fastidio y la noria, y se sentía satisfecho de su extraño sonido, de su cierre abrupto y disruptivo, de la fuerza que había que imprimir para pronunciarlo sin caer en la trampa del posible extranjerismo, aunque quien lo ostentaba lo era: había nacido en Colombia y por razones que desconoce (tal vez, las económicas) fue a parar a la Venezuela profunda, que se cuece atrabiliaria en las montañas.
Era la primera vez que tenía frente a sí a un escritor, y con obra publicada según él, pero incierta y tal vez desconocida por todos (aunque logró ver un frugal poemario que blandía con carácter y emoción cuando deseaba dejar sentada su auctoritas e importancia), y le llamaba poderosamente la atención verlo escribir sus textos a dos dedos y con ímpetu febril, en una pequeña máquina Olivetti portátil color aguamarina, que ya no daba para más, que casi se deshacía entre sus manos, que taladraba los oídos y producía textos de líneas torcidas, que a veces se juntaban en los extremos por tener —así lo cree— el rodillo desprendido, así como las teclas torcidas y a punto de caerse a pedazos por lo vetusto del artefacto, o por la inquina del óxido, lo que a la final era lo mismo.
Cuando no tecleaba en su máquina, se daba a la torturante tarea de caminar de uno al otro extremo del largo patio de la casa, a veces recitando en voz alta versos de los poetas trágicos griegos, que para entonces nada le decían (y quizás hoy tampoco); pero también a Lorca, a Hernández, a Machado y a Neruda, que era, este último, uno de sus favoritos por cuestiones ideológicas y americanistas, y lograba captar la atención de todos por la fuerza de su voz y la dicción con marcado acento santandereano, pero no era un acento cualquiera, sino con matices tan enrevesados, que a veces era difícil entender lo que expresaba, porque su lengua se enredaba y no lograba seguir las indicaciones que le daba su cerebro, y todo ello a causa de las altas dosis de ansiolíticos y antipsicóticos que consumía para su intermitente desvarío.
En otros momentos, se dirigía a él y leía a voz en grito alguno de sus textos recién concluidos, que daban fe de su espíritu contestatario, revolucionario y de su pasión comunista: de su vena literaria urdida desde la denuncia por las injusticias del mundo: por el penoso capitalismo que, a su entender, devoraba las entrañas de la Tierra y condenaba a todos a la destrucción y a la pérdida de la identidad, y, llegado a este punto, alzaba la voz aún más y sus venas del cuello se inflamaban casi a reventar, y tenía que ir con premura alguna de sus hijas a apaciguarlo, y se lo llevaba a su cuarto a regañadientes para que descansara.
Mientras tanto, la abuela, casi centenaria para entonces, callaba o le susurraba al oído su tristeza por aquel hombre, a veces perdido en los recovecos de su mente, pero de noble corazón y espíritu, a cuya hija mayor (tenía cuatro) su tía había alquilado la mitad de la casa con derecho a cocina.
Ni qué decirlo, no aspiraba el escritor a vivir de su escasa producción intelectual (que, dicho sea de paso, era panfletaria y carecía de valor comercial), razón por la cual tenía como oficio rentable la venta de zapatos, y cada día salía de la casa con una o dos bolsas en sus manos con destino incierto, y se internaba por calles y veredas a llevar los encargos a sus clientes, quienes, presume, hacían los pedidos por teléfono, porque, que recuerde, nunca vio a nadie en casa de la abuela viendo o probándose modelos de zapatos, y no tenía un local comercial en donde pudiera exhibirlos ni venderlos.
Así fueron pasando los años, y RAFCALOP empeoró en su salud mental, pero no dejaba de escribir, porque, se imagina, era una actividad que le daba placer estético y le permitía drenar sus ideas y su revolución interior, que a veces bullía con tal estropicio, que el médico tratante tenía que hacer cada cierto tiempo ajustes en las dosis de los psicotrópicos, para mantenerlo socialmente estable y exento de cualquier recaída y accidente personal o con los otros.
Igual acontecía con una de sus hijas, quien recibió su mala herencia y también tenía fuertes rasgos psicóticos, y a menudo se escapaba de la casa para recorrer la ciudad envuelta en una manta y expuesta a miles de peligros. Las hermanas y los amigos tenían que buscarla, y en donde la hallaran le aplicaban la dosis de litio que era lo único que la sosegaba.
Así como la salud mental del escritor empeoró, a la par se hicieron inextricables e ininteligibles sus escritos: eran galimatías sin orden ni concierto, en los que se entrecruzaban ideas puestas al azar sin coherencia alguna. Él, que los leía, a su solicitud, por supuesto, debía fingir que los comprendía: no quería dañar más su vapuleada psique con incisos y opiniones que en nada le favorecerían.
En el ínterin, la abuela falleció a la edad de 100 años, y fue tanto el dolor que no quiso saber de nada más: ni de la casa, ni de sus cosas, ni del destino de aquella familia. Supo después, que la casa fue vendida y ellos salieron de allí, y la figura de RAFCALOP se hundió para siempre en la oscuridad de los tiempos.
Al día de hoy asume que el escritor ya no está en este mundo, pero lo está en su recuerdo, que es en sí una forma platónica de existencia, y del no-olvido.
rigilo99@gmail.com