Mérida, Julio Viernes 03, 2026, 01:53 pm
El general Cipriano Castro, también
conocido como el cabito, sobrevivió al terremoto de 1900 en Caracas, cuando
tenía poco tiempo de haber tomado el poder. Mucho se ha escrito sobre las
anécdotas que vivió el benemérito Castro. Según la página de alerta sismológica
(hoy día llamado Funvisis), se reseña que aquel terremoto fue de 8.0, y quedó
demostrado por los destrozos que sufrió la catedral de Caracas, la iglesia de
San Francisco, la Santa Capilla, así como San José, La Pastora, Las Mercedes,
La Trinidad, Santa Teresa y Santa Rosalía, junto con los daños a edificios
públicos y las casas de familia.
En el litoral central, específicamente
en Camurí, se produjo una inmensa grieta de aproximadamente unos trescientos
metros. En Naiguatá se derrumbó totalmente la iglesia, y se reportó un fuerte
oleaje que afectó a Macuto, donde sufrió daños el telégrafo, y se vino abajo la
vía a causa de los derrumbes, lo que imposibilitó el paso del tren ente Caracas
y la Guaira.
En el interior del país, el sismo se
sintió con gran fuerza, como fue el caso de Guatire, en donde quedó en vilo el
templo parroquial, la casa de gobierno, la oficina del juzgado y el registro. Igualmente,
se señala que antes no se tenían instrumentos sismológicos para medir este tipo
de eventos; y es después de 1900, es decir, después del sismo de San Narciso,
cuando Venezuela adquiere los primeros instrumentos de edición, lo que antes formó
el observatorio Cagigal. Es el general Cipriano Castro quien adquiere por
solicitud del ministro de instrucción pública el primer sismógrafo, que fue
instalado en 1901.
Caracas estrenaba gobernante. El mandatario
de Capacho, o el cabito, no había calentado bien la silla, es decir, no había
cumplido un año en la presidencia de la república, cuando sucedió lo del
terremoto de 1900, con un doblete sísmico de 7.6 y de 8.0, según algunos datos
publicados en el blog del correo de Lara de Luis Heraclio Medina Canelón. También
lo señala Mariano Picón Salas en su libro “Los días de Cipriano Castro”.
A Cipriano Castro lo impulsa la
consigna “Nuevos hombres, nuevas ideas, nuevos ideales”. El general Cipriano Castro
con su movimiento liberal comienza la revolución restauradora que cruzó los
andes venezolanos a partir del 23 de mayo de 1899. En la guerra o en la paz, se
podía apreciar cómo la prensa internacional se puso a favor de los peores
intereses de la humanidad contra un líder que independientemente de sus
defectos defendió las mejores causas de independencia y soberanía de aquella
época.
Ayer, como ahora, el país sufrió los
peores estragos naturales; pero los tiempos parecen repetirse cuando no se
aprenden las lecciones del pasado. Hoy día, la doctrina Monroe parece volver a
extenderse en el mundo con su política de la zanahoria y el garrote en pleno
siglo XXI. Y los intereses de dominación son los mismos de entonces.
Castro cruzó la cordillera andina con
setenta hombres a caballo, y tomó el poder desde 1899 hasta 1908. Tenía entre
ceja y ceja establecer el sueño de una gran república, la gran Colombia. Pero
los enemigos, los cipayos, y los malinches le hicieron un bombardeo que lo
llevaron a ridiculizarlo a nivel internacional con una caricaturización y
burlas, con epítetos como “el cabito”, burlas que se llegaron a publicar de
forma despectiva como lo hizo la revista francesa “El plato de Mantequilla”, la
cual le dedicó un número completo el 26 de diciembre de 1908.
Desde la ridiculización al general
Cipriano Castro por haber defendido la soberanía de Venezuela, y no permitir
que invadieran el país aquellas potencias extranjeras, en total fueron nueve
años en el poder, tiempo durante el cual afrontó presiones, revueltas,
alzamientos, y bloqueos de potencias extranjeras lideradas por sus enemigos.
Mariano Picón Salas va describiendo cómo
se fraguó la apetencia de poder en el alma de los pueblos de los andes
venezolanos, ya que los mantenían segregado del resto del país. Este
intelectual merideño lo estudia desde sus primeros pasos de su infancia; es un
hombre nacido de una familia acomodada de hacendados. Castro había estudiado en
el seminario de Pamplona, y habría de marcar huella en el futuro tribuno.
Mérida y Trujillo eran “Las mejores armas por excelencia de la Cordillera”, así
lo describe Mariano Picón Salas en su obra “Los días de Cipriano Castro”.
Esta crónica hace memoria a una figura
contradictoria, violenta, pero alternativamente libertaria y heroica; a ese
general nacido en Capacho, quien contribuyó a darle impulso a los hechos
históricos, y a ser uno de aquellos personajes que tal vez Plutarco hubiese
querido incorporar entre sus arquetipos, prosigue escribiendo Picón Salas.
Castro fue víctima y victimario de una sociedad a la que la pobreza azotaba,
mientras un nuevo panorama se levantaba. La patria de los libertadores era
amenazada por potencias extranjeras: “los cañones del Káiser alemán apuntan
contra nuestras desguarnecidas fortalezas coloniales, y ese violento derecho a
la explotación de Venezuela lo están disputando los fenicios de todas partes”.
Aquel hombre nacionalista y defensor
de la soberanía que fue Cipriano Castro va a tener toda la razón de enfrentar a
aquellos que le acosaron y combatieron. Así mismo, Castro es ese caudillo
hispanoamericano que se va a enfrentar a esa agresiva política del “big stick,”
y que contribuirá a sembrar una conciencia contra esa intervención disfrazada
de predicación protestante para dilapidar los recursos, en la que coincidieron
Teodoro Roosevelt, el emperador de Alemania y los ingleses. Castro devino esa
fiera autóctona de cacique motilón que va de frente contra esas fuerzas del capitalismo
y del imperialismo.
Al final, fue derrotado, Pero su romanticismo
utópico podía estar predestinado a volver a unir los pueblos de Latinoamérica. Murió
el 4 de diciembre de 1924, exiliado en Santurce, Puerto Rico a los 66 años.