Mérida, Septiembre Jueves 03, 2026, 12:46 pm
Los libros olvidados y la
urgencia de nuevos lectores
Una de estas mañanas, muy soleada y calurosa, tuve
el inmenso placer de conversar con un gran amigo a quien admiro no solo por su
vasta erudición, sino porque es todo un caballero educado a la antigua. Es de
esos hombres respetuosos y amables cuya elegancia y trato deberían ser ejemplo
para las nuevas generaciones.
Ese amigo, además de colega periodista, es escritor
de pluma brillante: no solo domina la prosa con soltura, sino que es un
exquisito, sensible y profundo poeta. Me refiero a Ramón Sosa Pérez,
ampliamente conocido en el ámbito cultural de Mérida y sus alrededores.
Nos encontramos en una librería, frente a una mesa
colmada de textos fascinantes que en su momento fueron renombrados y leídos con
avidez. Allí convivían volúmenes de las más diversas disciplinas: desde ensayos
de sociología como La modernidad líquida de Zygmunt Bauman o La
distinción de Pierre Bourdieu, hasta divulgaciones matemáticas y clásicos
como Cálculo de Ron Larson o Apología de un matemático de G. H.
Hardy, pasajes de reflexión como El hombre en busca de sentido de Viktor
Frankl, y análisis prospectivos como La tercera ola de Alvin Toffler.
Sin embargo, allí están todos juntos ahora; el
tiempo les ha teñido las hojas de amarillo y casi nadie los busca.
Constatábamos con tristeza cómo ya pocos se acercan a La Ilíada o La
Odisea, o a los imprescindibles de la literatura venezolana y universal;
incluso joyas editoriales como los volúmenes de la Biblioteca Ayacucho reposan
cubiertos de polvo. Hoy la tendencia editorial empuja hacia producciones ágiles
y de consumo rápido —novelas light, narrativas tipo Cincuenta sombras de
Grey o sagas juveniles ligeras— que entretienen, sí, pero rara vez invitan
a la contemplación o al rigor intelectual. Con la prisa tecnológica, la
proliferación del libro electrónico y la inmediatez de la Inteligencia
Artificial, cabe preguntarse: ¿quién en su sano juicio se detendrá hoy a hojear
un denso tratado o una obra monumental cuando todo se busca digerido o a la
velocidad de un clic en Google?
Al calor del encuentro, Ramón y yo reflexionábamos
sobre la urgente necesidad de reenseñar a niños y jóvenes el arte y el placer
de investigar en el papel. Coincidíamos en la amarga paradoja de nuestro
entorno: en la medida en que avanzan la tecnología y la alfabetización,
pareciera agrandarse la brecha que aleja al lector del texto impreso. Tal como
el propio Ramón apuntaba agudamente en sus reflexiones:
«Se abandonó a los niños en el amor por conocer
desde las fuentes la literatura nacional, la historia y la consulta obligada en
los textos. [...] Sin buena lectura no habrá mejor escritura.»
Por ello hablábamos de la conveniencia de
restringir —como ya se ha implementado en diversos países— el uso de
dispositivos electrónicos en las aulas hasta alcanzada cierta edad, justamente
cuando el estudiante ya ha desarrollado la comprensión lectora y la capacidad
crítica trabajando mano a mano con los libros.
Las generaciones previas a este boom tecnológico
aprendimos habitando bibliotecas y recorriendo librerías. Ese aprendizaje
calaba más profundo porque exigía un esfuerzo intelectual genuino: buscar,
contrastar, discernir. Hoy, cuando el conocimiento se entrega sintetizado «en
pastillas» con solo presionar una tecla, el cerebro —y así lo corroboran
diversos estudios neurocientíficos— va reduciendo progresivamente sus funciones
creativas y de análisis.
Nos lamentábamos también de la escasa —casi nula—
promoción de la lectura en las escuelas, lo que deviene en aulas desprovistas
de libros y jóvenes ajenos al goce de la palabra. Nos invadía cierta pesadumbre
al preguntarnos cuál será el destino final de esos volúmenes maravillosos que
resguardan tanta sabiduría.
Sin embargo, entre anaqueles y mientras
curucuteábamos en ese espacio cargado de memoria, llegamos a una conclusión
fundamental: el dilema de fondo va más allá del mercado o la producción
intelectual; la verdadera urgencia radica en formar y lograr lectores. Como
bellamente sintetizó Ramón en nuestra charla:
«La vida del texto está en el lector, el
destinatario finito que aguarda con estoicismo la aparición del tema, el
producto de sesudas indagaciones o creaciones y si [...] ese público para quien
se escribe se nos torna ausente, entendemos "de qué pata cojea el
enfermo".»
Los libros no están muertos; están allí, en un
silencio paciente, esperando a que alguien los abra, los habite y los devuelva
a la vida.
Recordé entonces aquella inolvidable enseñanza de
Carlos Ruiz Zafón en La sombra del viento:
«Cada libro, cada volumen que ves aquí, tiene alma.
El alma de quien lo escribió y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y
soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien
desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se fortalece.»
Los estantes de nuestras librerías siguen llenos de
almas a la espera. Nos toca a nosotros, los apasionados de las letras, tender
el puente para que las nuevas generaciones descubran que la verdadera magia
jamás necesitará de una pantalla para encenderse.
Gracias a Librería Temas por facilitarnos el
material necesario para hacer estas reseñas.