Mérida, Septiembre Jueves 03, 2026, 12:46 pm
La
gestión tributaria municipal no puede reducirse a una fría máquina recaudadora;
es, en su esencia más pura, el pacto social que transforma el esfuerzo diario
de los ciudadanos en servicios dignos, resiliencia urbana y calidad de vida. En
el Municipio Libertador, donde late un sector comercial y de servicios
históricamente firme y creativo, el sistema fiscal actual se ha convertido en
una carrera de obstáculos más que en un aliado del desarrollo. Frente a la
agobiante presión impositiva que hoy frena al emprendedor y asfixia al
comerciante formal, la administración local debe dar un giro radical: no se
trata de castigar al que produce ni de exprimir a quienes ya cumplen, sino de
construir un entorno propicio para la inversión, la generación de empleo y el
alivio del bolsillo familiar.
Una
política fiscal moderna entiende que cada tributo captado debe ser devuelto en
dinamismo económico real. En nuestra ciudad, ese impulso pasa de forma natural
por reactivar nuestros cuatro ejes estratégicos de desarrollo: el patrimonio,
el arte, la cultura y el turismo. Cuando la alcaldía protege y pone en valor
nuestro patrimonio histórico, respalda a los creadores e impulsa el arte como
una industria viva, está construyendo el imán perfecto para un turismo
sostenible y de alto impacto. La recaudación municipal debe ser el combustible
que potencie esta cadena de valor, pues cada visitante que llega a Mérida
reactiva al sector hotelero, al gastronómico, al transporte y al pequeño
comerciante.
Para que
este circuito virtuoso funcione, se requiere sustituir la voracidad fiscal por
inteligencia administrativa. La vía para aumentar los ingresos públicos no es
ahogar con alícuotas desmedidas a la menguada base de contribuyentes formales,
sino ampliar la base tributaria, formalizar nuevas iniciativas e incentivar la
inversión mediante la digitalización y simplificación de trámites. Si el
entorno comercial florece impulsado por una agenda cultural y turística
robusta, la recaudación aumentará de manera orgánica, sin necesidad de recurrir
al acoso fiscal.
El
verdadero éxito de una gerencia de ciudad no se mide por la agresividad de sus
fiscalizaciones ni por la acumulación ciega de recursos, sino por su capacidad
de traducir la confianza del contribuyente en inversión pública transparente.
Los impuestos de los merideños deben devolverse en calles transitables,
iluminación eficiente, espacios públicos seguros y oportunidades reales para
todos. Mérida tiene el talento y la vocación para ser un modelo de desarrollo
sostenible, pero necesita una administración capaz de respaldar a quienes
persisten y crean valor en nuestra tierra. Es hora de dejar atrás el castigo
impositivo y asumir una verdadera gerencia urbana: moderna, eficiente,
equitativa y profundamente enamorada de sus raíces.
¡Por la
Mérida que nos pertenece, lo haremos bien!