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Por Giovanni Marquina

Mandela, sobre las sillas vacías por Giovanni Marquina



Mandela, sobre las sillas vacías por Giovanni Marquina

En diciembre de 1994 se publicó El largo camino hacia la libertad, la autobiografía concebida por Nelson Mandela entre las paredes de la prisión de Robben Island y culminada tras el fin de la hegemonía del apartheid. Aquel texto narró la crueldad de un sistema represivo y segregacionista, que dejó una lección imperecedera sobre la naturaleza del poder, la política jamás tolera los vacíos. Mandela entendió que la negociación y el diálogo no representaban una capitulación moral, sino el método pragmático e ineludible para desmantelar un régimen opresor e integrar a la ciudadanía en la vida democrática.

Convertido en un fenómeno editorial y best seller mundial, la obra articula la evolución ideológica de Nelson Mandela, desde su formación en Johannesburgo y la fractura de su vida familiar, hasta la estrategia de resistencia tras veintisiete años de prisión. Más que una memoria personal, el texto documenta la transición institucional hacia una democracia multirracial, consolidándose como un testimonio histórico sobre la negociación del poder, la justicia distributiva, una política no visceral y la reconstrucción del Estado sudafricano.

Más allá de la figura simbólica, Nelson Mandela encarnó la transición política más compleja de finales del siglo XX. Su trayectoria articula la transformación de la resistencia contra el apartheid en una estrategia de pacificación nacional, mérito por el cual fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Tras veintisiete años de encarcelamiento, su liberación en 1990 desencadenó un proceso clave de institucionalización democrática, bajo su disciplina estratégica y un liderazgo de diálogo permanentemente negociador, logró desmantelar la segregación racial, convirtiéndose en el primer presidente electo democráticamente de Sudáfrica para reestructurar de fondo el Estado.

Hoy, la realidad política venezolana parece ignorar deliberadamente las lecciones de la cárcel Robben Island donde se forjó el ideal político del gran Mandela. Tras casi tres décadas de hegemonía del chavismo, ciertos sectores de la oposición insisten en tropezar con la misma piedra la fórmula del boicot y la abstención. Al desestimar en su momento coyuntural histórico la vía electoral y restarle valor hoy a los espacios de negociación, la no participación solo ha logrado atrincherar al partido de gobierno en el poder, dejando desamparada a una sociedad que exige respuestas urgentes a sus padecimientos cotidianos.

Esta desconexión retrata una ingenuidad casi enternecedora respecto a las reglas de la geopolítica. ¿Acaso Washington le consultó a Pekín o a Moscú antes de escalar su conflicto bélico con Irán? Pretender que la superpotencia opere previa consulta y beneplácito de los actores locales no es más que un ejercicio de fantasía política. Resulta casi cómico, por no decir insustancial, que ciertos voceros opositores aleguen no haber sido "consultados" sobre la designación de la ex diputada Dinora Figuera al frente de la vocería parlamentaria, bajo la administración estadounidense con la agenda trazada desde el Despacho Oval de Donald Trump y el Departamento de Estado de Marco Rubio, las decisiones responden a la cruda razón de Estado y a sus propios intereses estratégicos, jamás al visto bueno de figurantes locales.

Evadir los espacios reales de acción bajo el pretexto de "no haber sido tomados en cuenta" no es más que la repetición de un error histórico, marginarse del mapa mientras las decisiones sobre el país se toman sin su presencia. Esta estrategia de automarginación resulta aún más gravosa en el actual tablero geopolítico, donde las decisiones estratégicas de las potencias internacionales responden a sus propios intereses. 

El despliegue de la llamada Fase 3 por parte del Departamento de Estado estadounidense, previsto a partir del 1ero de agosto, evidencia una verdad incómoda, la pasividad política se paga con la irrelevancia. Mientras Washington marca el ritmo del tablero, la autoexclusión en los foros de negociación promovidos en torno a la plataforma de 2015 raya en la miopía estratégica. Rechazar la mesa de diálogo bajo la ilusión del maximalismo solo reedita fracasos históricos, que reduce la política a un ejercicio de impotencia coordinada, sacrificando cualquier margen real de gobernabilidad e impacto en el destino del país.

Marginarse de las negociaciones bajo el pretexto de no haber sido "tomado en cuenta" no es una postura de dignidad política, es una renuncia voluntaria al ejercicio del poder. Nelson Mandela entendió en su celda de Robben Island, que la verdadera política no se hace con berrinches ni esperando milagros extranjeros, sino sentándose a la mesa a participar, dialogar encarando al adversario y disputando cada espacio. Abandonar la vía del diálogo y las urnas nunca ha castigado al régimen de turno, solo ha dejado al país sin voceros y al pueblo sin alternativas.